La iniciativa fue Dios ´ s. Él llama tal como una vez comenzó con el pueblo elegido de Israel, de una gran nación para heredar su bondad y compasión en cada generación. Específicamente, Dios pide un propósito, para responder a esta gran tarea de irradiar su amor y su presencia a la gente llamada a la salvación desde el principio.

 Es hoy dentro de cien años, que damos gracias legítimamente por la bondad de Dios ´ y las marcas de tal hito, un tiempo oportuno, de bendición en nuestro personal, comunitario y como congregación.

La congregación de las hermanas misioneras dominicanas del Rosario se regocija y humildemente rinde nuestro homenaje a Dios no por la tarea que llevamos a cabo durante este año centenario, sino por su presencia infalible en las vidas de todos los que caminan sobre las montañas para traer las buenas nuevas. Es su coraje y audacia que nos atrevemos a trabajar como Micah 6:8 requiere de nosotros: “actuar con justicia para amar tiernamente y caminar humildemente con nuestro Dios”. Hemos sido privilegiados, hemos sido verdaderamente bendecidos al encontrar la mano de Dios en nuestros fundadores Monseñor Ramon Zubieta y les y Beata asCensión a Nicol Goñi que alguna vez fueron los primeros en responder en el llamado a ser heraldos en las selvas del Perú, en el Amazonas. Esta forma ejemplar de vivir, un hermoso don de abandono y confianza en el cuidado de Dios ´ para los pueblos y Naciones, ha marcado un siglo este año, 2018.

La congregación presente en 23 naciones, al unísono, está agradecida a Dios en nuestros fundadores así como a todos-nuestros colaboradores, familias, amigos, compañeros religiosos y todos los que sirven abiertamente a esta iglesia que todos amamos.

Cada comunidad de la congregación abre para nosotros una manera de ver y aprender una nueva manera de responder a este llamado de seguir al Señor. De hecho, somos bendecidos y retados a ser el nuevo rostro de un Dios en todo lo que sucede a nuestro alrededor, el que nunca deja de llamar a su pueblo a su amor, nos sostiene para enfrentar el amanecer y poner aún cada atardecer.

Esta celebración es un recordatorio de que su amor perdura para siempre, por lo tanto, el centenario es una marca para un nuevo comienzo. Así como San Agustín dice que vivir bien no es más que amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra fuerza. Que obedecer es una manera de discernir su voluntad y su amor en el mundo de hoy, dispuestos a ofrecer a todos para abrir nuevas maneras de seguir siendo la fuerza para el cansancio y la alegría para los que desesperan.

Así, esta celebración del Jubileo no se trata de nosotros como congregación ni de nuestras obras, sino de los hitos de las generosas gracias de Dios ´ que nos permiten ir y ser para él, instrumentos de esperanza y paz a las personas que ama implacablemente. Nuestra historia es una prueba de que Dios nunca deja de preocuparse, perdonar la arena nos fortalece en el viaje cotidiano.

Venid, queridos hermanos y hermanas, Honrad y Alabad en esta hermosa tierra en la que nos encontramos, entre nuestros hermanos y hermanas de todas las razas y creencias.

Nuestra fuerza está en el Señor y en el otro… [/Caption] Nuestra esperanza se ve en las vidas que nos esforzamos por compartir con lo menos [/Caption] nuestro sueño es para una vida mejor para el mundo después de nosotros [/Caption]

 

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