3. Abrazar el futuro con ESPERANZA

La lechera y Nicodemo maestros del futuro con Francisco

Qué tendrán estos tres personaje en común, dos de ellos son o fueron seguidores de Jesús, pero el otro ni siquiera existió, por qué juntarlos en esta reflexión. Demos paso pues al aporte de cada uno a este tema que nos congrega hoy, “Abrazar el futuro con esperanza”.

lechera

La lechera

Una lechera llevaba en la cabeza un cubo de leche recién ordeñada y caminaba hacia su casa soñando despierta. “Como esta leche es muy buena”, se decía, “dará mucha nata. Batiré muy bien la nata hasta que se convierta en una mantequilla blanca y sabrosa, que me pagarán muy bien en el mercado. Con el dinero, me compraré un canasto de huevos y, en cuatro días, tendré la granja llena de pollitos, que se pasarán el verano piando en el corral. Cuando empiecen a crecer, los venderé a buen precio, y con el dinero que saque me compraré un vestido nuevo de color verde, con tiras bordadas y un gran lazo en la cintura. Cuando lo vean, todas las chicas del pueblo se morirán de envidia. Me lo pondré el día de la fiesta mayor, y seguro que el hijo del molinero querrá bailar conmigo al verme tan guapa. Pero no voy a decirle que sí de buenas a primeras. Esperaré a que me lo pida varias veces y, al principio, le diré que no con la cabeza. Eso es, le diré que no: “¡así!”.

La lechera comenzó a menear la cabeza para decir que no, y entonces el cubo de leche cayó al suelo, y la tierra se tiñó de blanco. Así que la lechera se quedó sin nada: sin vestido, sin pollitos, sin huevos, sin mantequilla, sin nata y, sobre todo, sin leche: sin la blanca leche que le había incitado a soñar.

 

La lechera

 

Siempre hemos escuchado el cuento de la lechera como moraleja para no soñar despiertos, para tener los pies en la tierra. Pero tanto se insiste en el pequeño error de la lechera que acabamos por concluir que para no fracasar como ella, mejor nos quedamos con nuestra “leche”, nos la bebemos, pues es lo único seguro que nos vamos a llevar. Lástima de “leche” que tan sólo sació nuestra sed un momento, cuando pudo “ser” tanto proyectada en un futuro.

 

Dónde dejamos los grandes valores que también nos enseña la lechera:

 

-su capacidad de soñar,

 

-de valorar el fruto de su trabajo,

 

-su creatividad en poner a producir algo tan humilde como la leche,

 

-la paciencia de esperar un proceso que durará tiempo y cuidado,

 

-la visión de superarse, de ir siempre a más,

 

-el alegrarse con cada detalle del proceso,

 

-su objetivo final no será ni la riqueza ni el poder, sino el amor, el amor del hijo del molinero.

Prestando atención podemos sacar muchas más enseñanzas de la lechera para aplicarlas a nuestra vida. Incluso podemos aprender de su error, la distracción.

Seguro que nosotras tendremos más oportunidades de convertir nuestra leche en nata, gracias a Dios, y evitar que nuestro cántaro de leche se derrame en el camino, y poder hacer realidad ese sueño que alienta nuestro caminar.

El Papa Francisco nos recuerda las palabras del profeta Isaías “Tú los has bendecido y multiplicado, los has colmado de alegría. Es una fiesta ante ti como en un día de siega, es la alegría de los que reparten el botín” (Is 9,2). “Así como los nuevos cielos y la nueva tierra que voy a crear durarán para siempre, así también tu nombre y tu raza permanecerán siempre” (Is 44,22). Es la alegría puesta en un futuro de abundancia, de novedad.

Nos dice que si el cotidiano camino, personal y fraterno, está marcado por el descontento y la amargura que nos cierra en la lamentación, en permanente nostalgia de caminos inexplorados y sueños no realizados, entonces se convierte en un camino solitario y estéril.

Estamos invitadas a cultivar una dinámica generativa, no simplemente administrativa en la vida religiosa, para asumir los acontecimientos espirituales presentes en nuestras comunidades y en el mundo.

Cuando todo parece verdaderamente acabado, toda esperanza apagada, María de Nazaret, desde la fe, ve nacer el futuro nuevo y espera con esperanza el mañana de Dios. ¿Nosotras sabemos esperar el mañana de Dios? ¿O queremos los resultados en el hoy?

¿Vuela alto nuestro sueño? ¿Nos devora el celo? (cf. Sal 69, 10) ¿O, en cambio, somos mediocres y nos conformamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio?

¿Tenemos grandes visiones e impulsos? ¿Somos audaces?

¿Tenemos un corazón que desea algo grande o un corazón adormecido por las cosas?

Nicodemo

 

Jn 3,1-9 Nicodemo

1 Entre los fariseos había un personaje judío llamado Nicodemo. Este fue de noche a ver a Jesús y le dijo: 2 “Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer señales milagrosas como las que tú haces, a no ser que Dios esté con él.”

3Jesús le contestó: “En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba.”

4 Nicodemo le dijo: “¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al vientre de su madre para nacer otra vez?” 5 Jesús le contestó: “En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. 6 Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu.

7 No te extrañes de que te haya dicho: “Necesitan nacer de nuevo desde arriba”. 8 El viento sopla donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu.”

9 Nicodemo volvió a preguntarle: “¿Cómo puede ser eso?” 10 Respondió Jesús: “Tú eres maestro en Israel, y ¿no sabes estas cosas?

 

Nicodemo

El otro día en una charla con religiosas, el ponente recordaba aquel grupo de teólogos de la liberación que se reunían en las noches durante la Conferencia Latinoamericana de Medellín, para dialogar y preparar los argumentos del día siguiente, de manera que los aportes del Concilio Vaticano II fueran penetrando en el documento de la Conferencia. A estos teólogos les llamaban “Los Nicodemos”.

Este ejemplo nos desmonta la imagen del Nicodemo temeroso y cobarde que busca a Jesús de noche para no ser visto. Más bien nos muestra a un Nicodemo que sale en “su noche” en busca de Jesús, un Nicodemo que se deja guiar por las intuiciones que ha ido sintiendo cuando ha escuchado predicar al maestro, un Nicodemo que busca y encuentra.

La mirada contemplativa de los signos de los tiempos, no nos muestra grandes destellos revelatorios, son pequeños reflejos que captan nuestra atención y por eso los seguimos, porque son pequeñas luces en la oscuridad que nos cautivan.

Francisco nos señala que la relación con Jesucristo necesita ser alimentada por la inquietud de la búsqueda. Ese encuentro con Cristo, que al igual que a Agustín de Hipona, nos lleva a comprender que ese Dios que buscaba lejos de sí es el Dios cercano a cada ser humano, el Dios cercano a nuestro corazón, más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

Esa búsqueda de Dios se convierte en la inquietud de conocerle cada vez más y de salir de sí mismo para darlo a conocer a los demás. Es justamente la inquietud del amor.

Al igual que a Nicodemo, Jesús nos forma en una mirada contemplativa de la historia, que sabe ver y escuchar en todo la presencia del Espíritu y, de modo privilegiado, discernir su presencia para vivir el tiempo como tiempo de Dios. Cuando falta la mirada de fe la propia vida pierde gradualmente el sentido, el rostro de los hermanos se hace opaco y es imposible descubrir en ellos el rostro de Cristo, los acontecimientos de la historia quedan ambiguos y privados de esperanza.

La contemplación nos abre a la aptitud profética. El profeta es una persona que tiene los ojos penetrantes y que escucha y dice las palabras de Dios, una persona de tres tiempos: promesa del pasado, contemplación del presente, ánimo para indicar el camino hacia el futuro.

Como consagrados debemos tener la capacidad de movernos según el Evangelio, de actuar y de optar según el Evangelio, aunque tengamos que nacer de nuevo.

La única lámpara encendida en el sepulcro de Jesús es la esperanza de la madre, que en ese momento es la esperanza de toda la humanidad. ¿Está aún encendida nuestra lámpara? ¿Estamos en continua búsqueda de Dios o ya lo sabemos todo de él? ¿Salimos a buscarlo en nuestras noches?

Soñar, buscar… es abrazar el futuro con ESPERANZA.

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