Testimonios sobre la hermana Amelia Martínez Etayo, al celebrar sus 100 años de vida

 

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Testimonio de la Hermana Pura Fernández sobre la Hermana Amelia    Testimonio de la Hermana Enriqueta Coral Ruiz sobre la Hermana Amelia
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Conocí a la Hermana Amelia en Marzo de 1950, recién llegada al Perú y destinada a las misiones.

En su condición de Superiora de la casa de Puerto Maldonado, me acogió  con la sencillez que siempre la caracteriza y con inmensa alegría. Encontré en Amelia una Hermana muy amable, acostumbrada a las exigencias de una casa pobre, enclavada en la enmarañada selva amazónica; entonces, Maldonado carecía de agua, desagüe, luz eléctrica, vías de comunicación, etc.

En breve tiempo, vi en Amelia una mujer curtida en el arte de ser pan partido, – como ahora se dice,- para toda persona que se acercaba a la casa Misión. Distinguí en ella valores que  adornan su rica personalidad en la simplicidad de una vida silenciosa, entregada a Dios en la Misión con las niñas y adolescentes, hijas de etnias, que entonces llamábamos “salvajes”.

Alma de oración, servicio, disponibilidad, trabajo duro; ternura maternal con las internas y… muy alegre en su condición de Misionera Dominica.

Hoy celebramos 100 años de vida, de ellos no menos de 46 los dedicó a la vanguardia del Carisma, exclusivamente en el Departamento del Madre de Dios – Perú. ¿Por qué no dar gracias al Señor por esta vida de entrega al Reino y a la mujer selvática con la donación de todo su ser y amor, para llegar al ocaso, confesando: “que no hizo nada” y que San Lucas traduce por: “Siervos inútiles”?

Gracias, Señor, por la siembra de Amelia en tu campo florido.

Hna Pura Fernández- Comunidad de San José . Ica.

   

Doy testimonio de la vida de la Madre Amelia, que es una gran Misionera y una Religiosa ejemplar.

Cuando llegó a Maldonado, tenía apenas 27 años, yo era una de las internas. A todas nos llamaba la atención verla alegre, siempre risueña. Al día siguiente de su llegada se hizo cargo del internado; la veíamos siempre feliz y un poco nerviosilla; pero muy activa, sacrificada y muy entregada al servicio de las internas, sobre todo de las pequeñas; era una madre para ellas y la querían mucho.

Yo conversaba con ella y le hacía preguntas a las que contestaba con interés y acierto, pues me inspiraba confianza.

Amelia era fervorosa, humilde y sencilla. Estoy segura que Dios me regaló la vocación Religiosa de Misionera Dominica, debido a su testimonio. A la primera religiosa que comuniqué mi vocación fue a ella; se puso muy contenta y me dio un abrazo cariñoso y me dijo, “qué bien hija”, pero yo le dije: “no diga nada madre a ninguna madre todavía, ni a la Madre Superiora hasta que yo esté bien segura”… y así lo hizo, ella se reía.

No pasó mucho tiempo cuando yo ya tomé mi decisión. Por eso, doy gracias a Dios por la larga vida que le ha concedido a Madre Amelia y por el tiempo que hemos vivido juntas; cuatro años de internado en Maldonado de donde yo soy y, por los dieciocho años en la Comunidad de Ica, actual comunidad nuestra.

 

 

 

 

 

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