Convento del Patrocinio – Lima – Homilía de la Celebración de Apertura del Año Jubilar

Monseñor David Martínez de Aguirre Guinea OP

Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, Perú.

Queridas hermanas:

Qué alegría tan grande el poder compartir con Uds. esta apertura del Año Jubilar por el primer Centenario de la Congregación.

Así como Mons. Zubieta daba gracias a Dios y sentía que lo único que había hecho en su vida era esta obra de la Congregación, nosotros también estamos aquí para dar gracias a Dios por Uds. por este sueño hecho realidad. Esta experiencia de Evangelio tan fecunda que comenzó desde un deseo profundo de dos almas que no buscaban otra cosa que ser fieles a Dios. Mons. Ramón Zubieta y la Beata Ascensión Nicol.

VULNERABILIDAD.

No deja de ser sorprendente cómo Dios sabe enderezar la historia. Nuestra historia comienza en una situación de tremenda vulnerabilidad. Por un lado una comunidad en Huesca con serias dificultades para mantener su vida por las dificultades que les ponía el gobierno, al suprimir el colegio que las mantenía y daba sentido a su misión. Por el otro un misionero dominico que ve frustrada su vocación misionera entre las tribus de Filipinas después haber pasado penurias hasta de cárcel, para asumir otra misión en una selva desconocida, tirando por tierra el esfuerzo y la inversión de tantos años. Imagino los sentimientos de indefensión y vulnerabilidad de este fraile y esta monja, los dos movidos por su voto de obediencia. Esta obediencia a la voluntad de Dios, tuvo que verse forjada tras muchas horas de meditación con el rosario en la mano, aceptando, como la joven María, renunciar a los propios proyectos para ponerse en manos de Dios: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

El Papa, en su reciente viaje a Colombia nos ha hablado de que una joven con capacidades especiales le había recordado que todos somos vulnerables, menos Dios. El Papa aprovechaba a decirnos, que Dios se hizo vulnerable.

Tras Cien años de Congregación, seguro que hemos encontrado fortalezas, pero también nos sentimos vulnerables. Nuestra tentación es olvidarnos de que realmente lo somos, y que estamos en manos de Dios, como lo están nuestros proyectos, nuestras presencias, nuestras comunidades, nosotras mismas. También es otra tentación el reconocer nuestra vulnerabilidad pero huir de ella a toda costa. Este miedo a la fragilidad nos hace vivir en una constante búsqueda de seguridades y comodidades. Nuestro estilo de vida, exige una cierta vulnerabilidad. Cuando mantenemos la confianza en un Dios capaz de sembrar la semilla del Reino en nuestra vulnerabilidad, ésta se torna en una fortaleza inquebrantable, como la de María y como la de nuestros fundadores. En la fragilidad de María Dios sembró la Palabra poderosa. En la vulnerabilidad de nuestros fundadores, el Espíritu hizo fructificar nuestra Congregación.

LA EUCARISTÍA.

Qué bonita la carta de Mons. Zubieta en la que expresa su espiritualidad Eucarística. “Ahora comprendo más que nunca la institución de la Sagrada Eucaristía, si yo fuese Dios (…), haría lo mismo que hizo Ntro. Buen Padre Jesús”. En la Eucaristía Jesús se ofrece como sacrificio para la salvación del mundo, y promete su presencia continua en la comunidad creyente. Mons. Zubieta, esto lo COMPRENDIÓ, lo DESEÓ, y lo HIZO.

COMPRENDIÓ que Jesús se había entregado por él y que le había salvado, y que ya no tenía por qué preocuparse por sí mismo, pues estaba en manos de Dios. Y comprendió que su vocación consistía también en desmigarse, desvivirse apasionado por el Reino (en su lenguaje, por la salvación de las almas).

DESEÓ hacer de su vida una adoración Eucaristía, una presencia constante en el amor de Dios. Un disfrute de su presencia. Y deseó permanecer al lado de los pobres.

HIZO de su vida una Eucaristía. Pues entregó su vida a Dios y a las hermanas, y a través de ellas a los pobres a quienes serviría y se consagraría la Congregación. Literalmente les regaló su vida, a sabiendas de que su desvivir la acortaría notablemente.

Esta permanencia de Mons. Zubieta al lado de Jesús, en el servicio a los más pobres es la que se ha mantenido en la Congregación y nos regaló el testimonio de las cuatro mártires del Congo.

TESTIMONIO.

Lo único que para Mons. Ramón Zubieta valía la pena de su vida era la vida de las propias hermanas. El testimonio de vida de las hermanas, en su entrega cotidiana valía más que cualquier homilía, que cualquier catequesis, que cualquier sermón. No estamos en tiempos de grandes relatos, de muchas palabras. Por desgracia hoy las palabras lo llenan todo y han perdido hasta su significado, son manipulables. El testimonio de vida es más auténtico, más difícil de manipular:

Y yo percibo que las comunidades de la Congregación son testimonio:

– la fraternidad (sororidad) de dominicas: impenetrable… no saldrá de ellas nada que no tenga que salir… una defensa férrea de la comunidad y de cada una de las hermanas…

-el cuidado de la comunidad: pulcritud. Tímothy Radclife decía que cuando visitaba una comunidad de frailes iba a ver cómo estaba el baño para saber cómo funcionaba la comunidad. La importancia de dedicar tiempo al cuidado del hogar, de la familia, la comunidad de hermanas.

-cuidado por las hermanas: no llegará una al aeropuerto sin que haya otra esperando; no se acostarán sin saber que ya todas están en casa.

-la entereza y perseverancia para optar por lo que el Espíritu les va guiando tras un serio y prolongado discernimiento comunitario. Tienen muy bien asumida la frase de la Beata Ascensión, “no basta con hacer el bien; hay que hacerlo bien”.

-la capacidad de organización. Cuando tengo que reunirme para coordinar algo con las dominicas me obligan a mí a organizarme, porque si no ellas ya lo llevan todo pensado y planeado y no puedo meter cuchara.

-la disciplina en el estudio, la formación y la lectura de la realidad, que les lleva a tomar decisiones importantes para la misión.

-la dedicación a la gente, y la acogida de sus casas.

-el compromiso sincero con la gente sencilla, con los diferentes actores, la decisión y la audacia para constituirse en agentes significativas de cambios sociales, convencidas de que están contribuyendo al Reino.

Éste es el testimonio que yo percibo de las Misioneras Dominicas del Rosario en la experiencia que tengo de vivir junto a ellas.

COMIENZA EL AÑO JUBILAR.

Año de alegría. En el 2015 hemos celebrado la llegada de las primeras dominicas a Maldonado y tan solo tres años después ya está comenzando la Congregación. El año jubilar, como sabemos es un tiempo de gracia. En el AT un tiempo de descanso de la tierra, de liberación de los cautivos, de perdón de deudas y de restitución de lo perdido. Jesús de Nazaret nos anunció también con su llegada un Año de Gracia con sus signos: anuncio de la Buena Noticia a los pobres, liberación a los cautivos, iluminación de oscuridades, fin de la opresión.

Que este año sea para uds. y para todos quienes tenemos la suerte de tenerlas cerca un año Jubilar.

Es la oportunidad que Dios nos da para revisar nuestro ser MISIONERAS, DOMINICAS, DEL ROSARIO. Hablar de “misioneras” es hablar de mujeres, que tomando conciencia de su rol en la humanidad y en la Iglesia, viven con un espíritu universal, salen de sí mismas, y no escatiman en entrega.

Dominicas, me hace pensar en Santo Domingo, su afán por anunciar una Buena Noticia desde la Comunidad que vive con el pueblo, estudia y ora. Una comunidad que quiere escuchar por medio del estudio y la oración, la Palabra de Dios y los gritos de la humanidad sufriente.

Rosario, me hace pensar en María a los pies de la Cruz, haciendo pasar por su corazón cada momento de la vida de Jesús, valiente testigo de la Resurrección, sosteniendo y empujando a la Iglesia y a los Apóstoles en sus miedos y cobardías.

Felicidades, hermanas. Dios nos ha bendecido con su presencia.

Monseñor David Martínez de Aguirre Guinea

 Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, Perú.

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