La misión está inscrita en el corazón mismo de la vida consagrada. La vida religiosa es un carisma de significación. Ser signo, ser memoria de Jesús. Y ser signo es ser una alternativa, tenemos que llevar la levadura de la radicalidad.

 

Cuando la fe atraviesa el trabajo este se convierte en misión. No hay fe sin misión y no hay misión sin fe. La palabra que convence es la que brota de un encuentro… “Hemos visto a mi Señor”… Lo que moviliza es la propia experiencia de fe, fuente de sentido, que no podemos callar ni dejar de compartir lo que hemos visto y oído… “Ay de mi si no evangelizara”.

 

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