Casi un mes compartiendo con las hermanas mayores de la comunidad de Chaclacayo, casi una vida entera para reflexionar y unos minutos para darme cuenta que llegamos sin nada y sin nada nos iremos. Como dijo alguien: la tierra que pisamos hoy, será mañana nuestro techo.

Hay tantas cosas por las que dar gracias a la vida, por la vida misma que es una “corriente continua de gratitud y alegría”, por lo que somos, por lo que tenemos, por lo que hacemos y por lo que dejamos de hacer. La vida es bella y somos nosotras las que tenemos la tarea de hacer que sea así. Si no hacemos lo que nos toca, nadie lo hará, ni siquiera Dios. Con mis “viejitas preciosas” aprendí que cuando hay alguien con quien mirarnos a los ojos, hablar, llorar y cantar, eso es felicidad.

Cada mañana, todos los días las hermanas luego de la oración y el desayuno tienen sus tareas: pupiletras, pintar madalas, jugar damas chinas, armar rompecabezas, leer el periódico, alguna con sus 98 años. Cada una con su forma peculiar de ver y de vivir la vida, de estar junto a la otra, de pedir lo que necesita, de agradecer por lo que tiene, de rezar, de sonreír, de amar. En ellas se observa la grandeza del misterio que somos todos. Cuando me despedí dejé de respirar, para no llorar, porque las voy a extrañar.

Cuando llegué a la comunidad de acogida en Lima, en el almuerzo había mangos, la fruta que le gusta a Yuri que ahora viene con nosotras a Sepahua. Pensé en todo lo que disfrutará de los muchos árboles de mango que tenemos allí.

El sabor del mango de cada árbol tiene su matiz único y especial que le hace diferente de los otros. Los mangos de los árboles más antiguos tienen la esencia concentrada y su textura consistente, son realmente sabrosos. Los mangos de los árboles más jóvenes son más jugosos y más flexibles y también son sabrosos.

Pensando en los mangos, me vinieron a la mente nuestras hermanas de Chaclacayo y sentí que “todo está conectado”. Nuestra vida y la de los árboles frutales se parecen. Cada etapa de la vida tiene sus propias características y su propia consistencia y sabor. Cuando nos hacemos mayores, la energía es menor, los músculos, los huesos, las habilidades cognitivas, responden muy lentos y necesitamos de los demás, en ocasiones para casi todo. Esto nos hace entrar en nuestro propio centro, donde habita Dios, y entonces brota la humildad cargada de luz y de amor, la ternura apreciable con solo mirar el perfil del rostro, la prudencia que cura y sana, el silencio que te lleva a expresar lo que sin ello no lo harías nunca. Y así la vida sigue siendo bella, si queremos que lo sea.

Gracias hermanas por ser lo que son, por lo que fueron y por lo que serán, y si alguna se va sin que podamos abrazarnos nuevamente, nos veremos allá en el cielo donde la Vida es Bella.

Gracias al Equipo Provincial por regalarme este tiempo junto a ellas.

Ana Jeaneth Andino Granja

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