Geraldina Céspedes, Misionera Dominica del Rosario

El sistema hegemónico busca hacernos daño desde las raíces más profundas de nuestro ver, nuestro senti-pensar y actuar. Una de esas formas de atrofiarnos consiste en la separación dualista que sutilmente promueve entre las distintas dimensiones de nuestra vida. Así, nos ha llevado a comprender de forma fragmentaria y separada lo social y lo personal, los momentos altos y los bajos, lo ordinario y lo extraordinario, lo público y lo privado, lo político y lo personal, la razón y el corazón, las grandes causas y las pequeñas causas, etc.

Pero últimamente está aflorando una nueva conciencia entre las personas y colectivos, una visión diferente que cuestiona esas separaciones y nos invita a vivir en una clave más sapiencial y holística desde la que vamos aprendiendo a armonizar las supuestas paradojas de la vida, integrando e incluyendo sabiamente aquello que el sistema quiere que veamos siempre en choque y en conflicto.

En las décadas pasadas nos hemos gastado y desgastado en muchas luchas que, si bien marcadas por un alto nivel de radicalidad y coherencia, han cuidado poco otras dimensiones importantes de la vida más ligadas a lo minúsculo, a la vida cotidiana, a las cuestiones “caseras”. Algunas personas hemos cultivado valores políticos, públicos, de la calle, de los momentos altos de la lucha, pero hemos olvidado cultivar valores y prácticas “para andar por casa”, para la vida cotidiana, para la vida oculta cuando casi nadie nos ve ni nos está grabando en la cámara.

También hemos permitido que algunos temas y aspectos de nuestra vida fueran cooptados por el sistema o hemos creído que eran preocupaciones burguesas y personalistas que poco importaban para quienes se dedicaban a las grandes causas, a buscar la transformación de la sociedad. Ese descuido nos pasa hoy la factura y reclama que sepamos articular y entretejer en clave liberadora todos los hilos que componen la trama de la vida de las personas, lo cual va desde las preocupaciones más minúsculas e íntimas hasta los grandes problemas globales. Se trata de aprender a incluir y a articular todas las dimensiones de la vida de las personas, superando nuestra propensión a movernos de manera pendular y excluyente, pasando de un extremo al otro. La atención a lo pequeño y a lo cotidiano no implica desentendernos de las grandes causas ni de la dimensión pública y política, sino que se trata de llevar las grandes causas a la casa, a nuestra intimidad y colocar las preocupaciones domésticas e íntimas en un marco político, pues sigue siendo válido y urgente considerar lo que propugna el movimiento feminista desde hace décadas: “lo personal es político”.

Esto significa que los procesos de cambio personal no constituyen un estadio separado de la lucha por un cambio socio-político y un cambio sistémico. La afirmación de que lo personal es político quiere decir que la experiencia personal no ha de ser vista como una cuestión privada, sino que es pública porque está condicionada por factores políticos, sociales y religiosos; pero también significa que hemos de transferir los principios de equidad, democracia, justicia, participación, transparencia, etc. tanto a la esfera política como a la personal y familiar. Es en el microcosmos de nuestra casa donde se comprueba en verdad en qué creemos y qué mundo es el que buscamos.

El compromiso con las grandes causas se verifica y se concretiza en las cosas pequeñas y en el escenario de la vida cotidiana. El mundo que soñamos no va a venir si no lo empezamos a practicar y a vivir dentro de casa, en nuestro lugar de lucha y de trabajo y con las personas con las que nos encontramos cada día. Es ahí donde tenemos la oportunidad de ensayar un estilo de vida alternativo, donde podemos practicar la lógica del decrecimiento y la austeridad; la sencillez de vida contra la prepotencia; la transparencia contra la lógica del engaño y la apariencia; el compartir y cooperar en vez de competir; el bien común y la participación contra el interés egoísta y la imposición; horizontalidad y circularidad en las relaciones; la justicia, la igualdad y la ternura.

Para ello necesitamos inspirarnos en una mística de lo minúsculo y de lo escondido que nos ayude a redescubrir la fuerza revolucionaria de lo pequeño y de los pequeños. Contra la lógica megalómana del sistema, que lleva a valorar las cosas grandes y de los grandes de este mundo y lo que tiene mayor visibilidad, hay que poner la mirada en lo diminuto, en “la letra pequeña”, en la vida ordinaria y a veces rutinaria para reafirmar el poder transformador de las prácticas pequeñas y cotidianas realizadas por los pequeños, pues como afirmaba Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo”.

La resistencia al sistema y la búsqueda de un mundo nuevo se hace cada día y que tiene que ver con ser contrahegemónicos y antisistema en aquello que comemos, bebemos, lo que vestimos, la forma en que viajamos, en que nos relacionamos o disfrutamos un rato de ocio. En nuestros hábitos cotidianos y en los sencillos gestos que realizamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, estamos tomando partido o por este sistema capitalista depredador o por una sociedad nueva que funcione de una manera diferente y se asiente sobre otros valores. Todo el entramado de las cosas pequeñas y cotidianas que realizamos lleva escondido cuáles son nuestras opciones y a qué tipo de sociedad le estamos apostando. Nuestro estilo de vida, nuestros hábitos de consumo, lo que usamos, cómo lo usamos, cómo nos transportamos, cómo utilizamos los recursos de la Madre Tierra, la forma en que nos alimentamos o nos aseamos, etc. pueden ser hoy día la profecía más creíble, una forma de denuncia y una manera de proclamar sin palabras que creemos en otros valores y propugnamos otro modo de funcionamiento de nuestro mundo.

Uno de los desafíos más fuertes que tenemos quienes creemos que “otro mundo es posible”, es la superación de las incoherencias y contradicciones en el nivel de la vida cotidiana y en el círculo de relaciones más cercanas e íntimas (la familia, la pareja, la comunidad, el pequeño equipo de trabajo). El sistema jerárquico-piramidal, androcéntrico-patriarcal y consumista-depredador sigue de pie porque nuestras prácticas cotidianas lo siguen alimentando y reproduciendo. De aquí que, la vida cotidiana y los lugares pequeños que habitamos necesitamos convertirlos en espacios de resistencia y lucha con la misma fuerza y convicción que lo hacemos cuando estamos en una huelga, en una manifestación o en una jornada de protesta del pueblo.

Allí, en el pequeño rincón donde transcurre nuestra vida ordinaria hemos de atornillar en la misma dirección del mundo que soñamos y practicar la profecía de “puertas adentro”, haciendo realidad en acciones domésticas y cotidianas el mundo que soñamos. Esa coherencia en la vida cotidiana es mucho más difícil de mantener y se ubica en el lado oculto de la vida, de aquello que no se ve ni sale en las noticias, pero que tiene un poder transformador a nivel personal y de la sociedad, pues en la medida en que más personas nos resistamos al sistema en cuestiones prácticas y cotidianas, vamos a actuar como hormiguitas que trabajando silenciosamente podemos ir socavando las bases del sistema.

Todo esto implica vivir una mística de lo minúsculo, leyendo la densidad teologal que se esconde en los momentos pequeños y ordinarios de la vida y ejerciendo desde ahí un profetismo nuevo en el que, sin abandonar los elementos de denuncia y la propuesta de alternativas, comprendamos que la profecía es ante todo llevar un estilo de vida a contracorriente. Es decir, el profeta y la profetisa no solo buscan alternativas con el pueblo y para el pueblo, sino que son personas que viven de forma alternativa y practican en su actuar cotidiano aquello que decía Pablo a los Romanos: “No se amolden al orden este” (Rom 12, 2).

Para armonizar las grandes causas con las pequeñas causas hay que entrenar la mirada para percibir lo minúsculo y aprender a contemplar las cosas pequeñas y cotidianas de la vida sin abandonar la visión panorámica, sistémica, de conjunto, el horizonte amplio. Es saber observar tanto con el microscopio como con el telescopio para captar tanto lo más pequeñito y casi imperceptible de nuestra vida y de nuestro entorno, como lo más grande y evidente, ejercitando nuestra capacidad de percibir y conectar lo que sucede en casa y lo que sucede fuera de casa, las realidades primarias y las cosas elementales de la vida con las grandes luchas. Es cultivar una mirada holista y no dualista, una mirada no excluyente sino incluyente, que sabe contar con el todo y ve cómo las distintas dimensiones de la vida están entretejidas. Es la forma de mirar de Jesús que sabía captar la realidad en su hondura y su complejidad, que se fijaba en las cosas pequeñas y cotidianas y que anunció un Reino que crece desde lo pequeño y los pequeños.

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