Erase una vez… Esta historia está dedicada a cuatro mujeres, hermanas, que llenas de juventud y entusiasmo, decidieron seguir Jesús, sin desvanecer ni reservar nada para sí mismas, hicieron sus maletas y partieron al encuentro de Cristo vivo, sediento y humilde. Son ellas: María Justa, María del Buen Consejo, María Cándida y María Olimpia.

 

Vidas entregadas en el silencio, en el anonimato, en el sacrificio, pequeños testimonios a nuestros ojos, pero que manifiestan la grandeza de alma de estas misioneras. Ellas no temieron ni temblaron frente a nada ni a nadie porque su corazón estaba lleno de Jesucristo, Señor de sus vidas, que las hizo salir y amar a los más débiles y vulnerables con rostro y nombre concretos.

 

Salieron de España, atravesaron fronteras para encontrar la frontera donde el Señor, pobre y humilde les esperaba. Un corazón que lleva a Dios consigo podrá decir “Todos los pueblos son mi pueblo”, eso hicieron nuestras hermanas mártires. Aceptaron morir porque amaron mucho. Su sangre fertilizó la tierra africana, pues la acogida es más bella que el rechazo, así hicieron nuestras hermanas mártires, dieron la vida porque acogieron y amaron de verdad al pueblo congoleño y sobre todo a los sin voz.

 

En la tierra ensangrentada, sembraron, plantaron, regaron y surgieron signos de vida, su testimonio quedó impregnado en la vida de aquellos que creyeron y creen en el Evangelio, dar la vida por amor. Ellas tuvieron la posibilidad de salir y dejar la misión. De esa forma evitarían la muerte cruel y nos dejan la pregunta: ¿Por qué no salieron? La respuesta es muy sencilla, quien ama verdaderamente, vive las consecuencias del amor profundo hasta el final. No aceptaron abandonar la misión decían ellas: “Nuestro camino es el de Dios y si tenemos que morir, moriremos pero no podemos abandonar”.

 

Qué gran lección, qué gran testimonio de entrega sin reservas y todavía más, sin intereses, vidas dadas en el cotidiano trato con los enfermos del hospital, en la educación, en la catequesis, en la formación humana e integral de los más sencillos. Mujeres dedicadas de corazón al servicio de la Iglesia misionera y de manera particular a los más pobres de la tierra.

 

Parece que ellas entendieron muy bien la lección de nuestros Fundadores y como decía el gran apóstol misionero Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. El impulso y la fuerza de su Espíritu les hacen permanecer para siempre. Ni las atrocidades de la rebelión fueron motivo de desánimo porque sus vidas estaban llenas de Dios.

 

Khanimambu, merci, obrigado, muchas gracias, Hermanas, por vuestro bello y maravilloso ejemplo de vida y de entrega. Vuestra sangre es y será semilla porque fertilizasteis nuestras vidas, la de África y la del mundo.

 

Maria Panguana MDR

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