Esther González Gómez, MDR
Española
Maestra, misionera en Congo y Camerún,
actualmente en Pamplona
Vicaría General
Pamplona, España

Ester, ¿Qué significa para ti vivir y trabajar en una comunidad de hermanas mayores?

Significa aprender de sus experiencias, de su capacidad de sufrir, de su capacidad de esperar, de su capacidad de orar.

¿Qué prioridades te planteas en esta etapa de tu vida?

Seguir siendo misionera. ¿Y yo cómo lo realizo? Mi corazón, mi recuerdo, mi oración, mi interés, compasión no ha abandonado África. Estoy al tanto de todos los problemas, avances, éxitos, sobre todo del Camerún donde he vivido. Tengo una manera de acompañar a las personas, sobre todo las que sufren injusticias. Las acompaño no sólo con la oración, sino que les hablo y les digo: “Ánimo, no estás sola, yo estoy contigo”. Porque cuando estuve en peligro sentí que alguien pensaba en mí y eso me dio mucha fuerza. Por eso acompaño: a la opositora al gobierno de Ruanda que está en la cárcel; a las mamás viudas, porque trabajé con ellas; mujeres que utilizan como escudo en las guerras; a las personas que están en la cárcel; y por supuesto a las hermanas.

Todas son mártires de un sistema espantoso de injusticia. Las encomiendo mucho a la Virgen que es madre. Por Internet, radio, y revistas me mantengo informada, me gusta leer. El ser humano ha avanzado mucho en tecnología y yo lo aprovecho, pero no hemos sabido dialogar para evitar la guerra (se estremece).

 

Desde tu experiencia personal y el compartir con otras hermanas, ¿Cómo podemos prepararnos para llegar a esta tercera etapa de la vida?

Hay que asumir cada etapa, olvidar lo negativo. Cuando ya dejamos el trabajo, entremos en otra etapa. Hay que buscar lo positivo, incluso en la comunidad, “por qué esta hermana está así”, comprenderla, escuchar mucho. Prepararnos con una buena autoestima. Habré hecho muchas cosas mal, pero hice cosas muy buenas, y podemos hacer muchas más. Y hacer algo. Tener un trabajo, una ocupación, no estar sin hacer nada. Mantener la comunicación con las hermanas y con la misión que tuvimos para animarlas y mantenernos activas, informadas, aprender nuevas cosas como el Internet, leer mucho porque nos da nuevas ideas. Y no desanimarnos nunca, porque viene la enfermedad, y los médicos nos ayudan, pero podemos tener demasiada dependencia y centrarnos en nosotras mismas. Hay que seguir madurando.

¿En qué lugares de misión has trabajado?

Estuve de misión en Congo y Camerún, desde la enseñanza. Esa ha sido mi vida, lo que aprendí, lo que me enseñaron… llegué a tener buena amistad con las maestras y las niñas muy pobres. Esa realización de las niñas en la escuela técnica, el potenciar a las mujeres es el porvenir.

¿Qué esperas de esta reestructuración?

Espero mucho, porque hay que comenzar por nosotras. Así nos encontraremos más realizadas porque toca nuestro ser. Nos prepara para la enfermedad, la vejez, y a las jóvenes a un mayor dinamismo. Espero que sirva para reestructurarnos más como misioneras, como dominicas y como seguidoras de Cristo.

Cuéntanos cómo nació tu vocación.

Yo nací en una familia cristiana, perdí a mi madre con 12 años. Pero ella siempre me animó a ser religiosa. Como tenía mucha afición a la lectura una día encontré un libro, “El drama de Jesús”, y leí el encuentro de Jesús con el joven rico, y escuché el “Sígueme”, y se me quedó clavado en el alma. Yo decía que no, pero seguía con lo mismo. Conocía a la hna. Consuelo y me dijo que se iba a Pamplona para entrar en las Dominicas y eso me animó. En mi casa quedaron muy solos pero estaba decidida. Y delante de la Virgen le dije que sí a Dios. Y desde entonces hasta hoy estoy feliz (lo dice con una gran sonrisa).

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