Hablar de mi vida misionera sin decir dónde nací y el porqué de mi vocación sería difícil de comprender su desarrollo.

A mis ocho años, me tocó vivir durante 11 meses una dura experiencia: en el centro de un conflicto bélico, entre las tropas nacionales y rojas de las Provincias de Santander y Palencia (España). Vi arder la Iglesia del pueblo durante días, enterrar a personas vivas y otras atrocidades similares.

Esa experiencia me marcó mucho y comencé a desear hacer algo por los otros dónde y cómo fuera, en mi interior se me pedía algo. La maestra que tuve esos primeros años me ayudó mucho.

Los años fueron pasando y en 1950 tuve la suerte de hacer mi primera profesión. También ese mismo día me hicieron la pregunta ¿dónde me gustaría ir como misionera? Mi respuesta como si ya estuviera preparada no se hizo esperar: me gustaría ir para el oriente.

Pasaron los años del juniorado y se me informó que estaba destinada a la misión de Timor, una isla de Oceanía de dominio portugués. Era urgente pasar por Portugal para aprender algo su idioma.

En 1954 y después de casi dos meses de barco, Timor nos abría las puertas.

La isla estaba ocupada por Portugal en su lado oriental y por Holanda en la parte occidental. La parte holandesa había conseguido su independencia hacía poco tiempo.

En este lado holandés había un enclave de unos 15.000 habitantes que pertenecía a Portugal y ese era nuestro destino. El centro Oecousse (lugar de agua) sería nuestra ubicación.

La Misión: Iglesia, Escuela masculina, Sede de encuentros tanto religiosos como de Gobierno: administración, residencia del Rey y otras.

Nuestra presencia respondía a la petición del Obispo, que veía la misión incompleta pues las niñas no tenían futuro a no ser el lucro que obtenían sus padres cuando las vendían para la boda, y el trabajo que desarrollaban en las casas. Era urgente tener colegios para formarlas en todos los sentidos. Al deseo del Obispo se unía el del Administrador que era la máxima autoridad de la zona, la del Sacerdote que era un gran misionero, y la fuerza del mismo Rey de la zona.

Los deseos de todos fueron haciéndose realidad y llevados a la práctica. Se dio aviso a todos los “sucos” zonas y a sus jefes para que trajeran las hijas al colegio, pues ya estaba todo preparado. Como en la parábola de las bodas, nadie acudió ni al primero ni al segundo aviso. El tercero se hizo con amenaza de castigo a quienes no cumplieran llevando al menos a una hija por familia. Por miedo al castigo, el día señalado, llegaron al colegio unas 50 niñas, tal vez las que según su parecer, tenían menos futuro.

Nos servimos de la hija de un catequista que sabía portugués para tratar de entendernos con ellas. Dentro de casa había mucho interés por aprender de todo, fuera rondaban los familiares para informarse de lo que se hacía con sus hijas. Nosotras estudiando sus actitudes tratando de comprenderlas.  Mi primer método fueron los cuadernos de dibujos; a las respuestas de ellas en su idioma les enseñaba su nombre en portugués. El dibujo y el gesto mis mejores idiomas. A las niñas más pequeñitas que tuve desde el primer día, las dejé preparadas para ser monitoras de sus hermanos.

Durante 9 años que estuve en esa misión, aprendí mucho de todo el pueblo timorense. Hoy son nuestras Hermanas timorenses las que siguen al frente de la obra de promoción-evangelización.

Salí de esa mi primera misión, mucho más enriquecida que cuando llegué.

Portugal, Azores y Angola, fueron otros de mis lugares de misión antes del regreso a España. Lugares de desarrollo y vivencia de mi segunda Misión.

Cuando me preguntan de cuál de esos lugares tengo más recuerdos y más cariño, me cuesta responder, de todo recibí mucho más de lo que pude dar.

Ahora, de retorno a España, en mi etapa de Tercera Misión agradezco el don de la vocación misionera, ayudo y apoyo a mis Hermanas enfermas, ancianas como yo, y siempre aprendo, agradezco y soy feliz siendo Misionera Dominica del Rosario.

Mi corazón, mi espíritu y vida son Misioneros y muy Marianos.

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