Estos meses han sido un tiempo de gracia que me permitió junto a las hermanas conocer a las niñas, acercarme, observarlas, jugar con ellas, sostenerlas en sus momentos de fragilidad, escucharlas y acoger sus resistencias.

La vida junto a las adolescentes llega a ser una experiencia que va marcando todos los ámbitos de la persona, toca nuestro ser de mujeres, misioneras, religiosas, madres, hijas, hermanas, amigas, maestras, acompañantes… y exige la vivencia de tantos valores como la coherencia, porque aquello que no se vive, no es posible trasmitirlas.

Vivir los valores es un desafío, quizá exige comenzar por la empatía que es la capacidad de poder intuir como piensa y como siente la otra, para comprender sus comportamientos y conductas. La escucha atenta, la compresión, la misericordia son factores necesarios para este servicio. Exige también la aceptación de nuestras fragilidades, es decir la aceptación plena de lo que somos para no proyectarnos en las niñas. Esta aceptación implica una actitud de humildad, y esta humildad nos hace grandes y mucho más cuando tenemos la capacidad de reconocer frente a las adolescentes que hemos fallado y hasta pedir disculpas.

Todos y todas somos un misterio, pero la realidad que encontramos en este internado quizá es aún más desafiante. Cada adolescente viene de una comunidad ribereña distinta que implica una etnia diferente con su propio lenguaje, su propia religión, costumbres y sus propias creencias y estas últimas muy arraigadas y con una forma de ser únicas y con gran firmeza de carácter.

A veces se espera que la gente pobre a su vez sea sumisa y hasta servil, estas niñas nos enseñan que son pobres, humildes pero firmes en sus convicciones, tienen sus propios criterios, su forma de pensar y su forma de ver y vivir la vida, y lo viven desde lo que son. No importa lo que les digas, si no están de acuerdo, no te contestan mal, pero actúan en coherencia a sus principios. Cuando no les parece algo no lo expresan con palabras, sus gestos, su mirada, su cuerpo es su lenguaje. Frente a esta realidad los enojos, las imposiciones no funcionan, siempre están demás, solo la escucha atenta y el acercamiento cariñoso hace que las cosas sean diferentes y que se vayan dando cambios en su vida. Cambios que son necesarios y que invitan a una vida sencilla pero ordenada, con normas de prevención de enfermedades físicas y psicológicas y que a la vez ayudan a cumplir el objetivo por el que están en este lugar: la formación integral, enfocada desde la promoción y el liderazgo de la mujer.

Es un gran desafío porque implica paciencia y tiempo que ayude a respetar el proceso de cada jovencita que en este caso es más lento de lo que estamos acostumbradas. Sin embargo esto da sentido a la vida religiosa misionera y desde este lugar junto a ellas es hermoso releer la experiencia de nuestra querida Beata Ascensión Nicol. Sus palabras toman pleno sentido e invitan a una entrega mayor y todo por amor a quien nos ama tanto, nuestro Dios.

Algunas adolescentes al partir nos han dicho “hermana te voy a pensar”, es decir, te voy a recordar. Nosotras queremos aprovechar este tiempo para otras tareas, sin embargo creo que también las extrañaremos y ya nos hacen falta sus gritos en los recesos de las tardes, sin ello aquí todo es silencio, lo bueno es que gozamos de un silencio acompañado del cantar de la belleza de la creación. Creo que nos pasa lo que a las madres, que se acostumbran al ruido de sus hijas/os.

En el mes de mayo realizamos un encuentro con las mujeres que fueron parte del internado (ex internas). Este internado se abrió en 1955, hace 61 años. Asistieron alrededor de 50 mujeres desde abuelitas hasta las más jovencitas y que alegría escucharlas decir “las madres me educaron, ellas me cuidaron”, “mi madre murió en el parto y las madres cuidaron de mí y de mi hermanita, luego nos exigieron para que estudiemos y gracias a ellas somos profesionales”. Cuántos recuerdos y agradecimientos, hay a las hermanas que pasaron por esta comunidad y eso sigue motivándonos para esta misión que es hermosa y a la vez de mucha dedicación, trabajo y sobre todo de amor; y Dios junto a nosotras en este caminar, amándonos, perdonándonos y animándonos.

Un saludo fraterno a todas las hermanas que en las distintas partes del mundo tienen esta hermosa labor, sigamos con entusiasmo encontrando a Dios en cada niña/o, adolescente. Les compartimos algunas fotos.

 Jeaneth Andino Granja
Comunidad de Sepahua – Perú

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