Entré en abril de 1964, era semana santa; lo recuerdo porque me extrañó muchísimo eso de pasar por encima de una hermana cuando íbamos al refectorio (comedor), a modo de penitencia. También me costaron las disciplinas, el silencio, y el no tener permitido hacer amistades (teníamos que tratarnos todas por igual). Cosas que se hacían antes… y como una quería ser misionera se aceptaba y ya. Los mismos recreos, a mí me parecían una pérdida de tiempo (como venía de mi casa que no paraba de hacer cosas sin tener tiempo libre…).

Profesé y vine a Madrid a hacer el juniorado. Y siendo juniora se creó una comunidad para acoger a las postulantes y me dijeron de ir ahí. Me encargaba de la contabilidad, de las labores de la casa, e hice mi bachillerato de noche. Después estudié puericultura por correspondencia. Atendíamos a las hermanas cuando había capítulos y también el comedor del Colegio de Stela Maris.

Cuando fundaron en Bonares, Andalucía, trabajé en la catequesis y en unas aulas improvisadas para dar clase. Después de unos 3 años, pedí hacer un curso de Catequesis en Madrid. Pero me mandaron a dar clases en Pamplona, en el nuevo noviciado que tenía el nivel de maternal (para subvencionar un poco el noviciado).

En Andalucía ya me encontraba mal de salud, pero en Pamplona cada vez estaba peor. Fiebres, sesiones de radioterapia,… pensaban que tenía un tumor en la columna. Tenía unos 37 años. Así que vine a Madrid para más estudios médicos.

Me operaron y me dijeron que era la enfermedad de Paget. Consiste en que los huesos se ponen blandos y crecen, y entonces en la vértebra te coge las terminaciones nerviosas y produce un dolor insoportable. La enfermedad me va cogiendo cada vez más vértebras. Llevo tomando morfina desde 1992.

En todos estos años no sé lo que es estar sin dolor, despierta y durmiendo. La morfina sólo suaviza pero me caen a veces unas lágrimas…

A un sobrino mío le han diagnosticado un tumor, y yo le digo al Señor: -Señor que me dé a mí lo que sea, pero no a él-.

Intento dar el menos trabajo. Caminar… porque si una se deja… Una psicóloga me ha pedido que les vaya a hablar a unos enfermos que ella conoce para ayudarles a vivir con este dolor, porque muchos han caído en depresión, y yo con la ayuda del Señor siempre he salido adelante.

Isabel PrietoY es que la fe me ha ayudado mucho. La fuerza que me da mi Señor y mi lucha también, porque tengo que poner mucho de mi parte: el Señor la suya y yo la mía. Hay personas que se dejan y no luchan. Tú no puedes dejarte.

He aceptado que entré como misionera, que unas se van y yo me quedo, y le digo al Señor: -Bueno Señor tu cruz era aun mayor-.

Hasta mi forma de ver a Dios ha cambiado. Antes sentía que el Señor me pedía muchas cosas. Ahora lo conozco, y es él quien me da la fuerza de cada día.

(La entrevistadora: -Isabel, desde que te conozco, y cada vez que paso por esta comunidad, siempre te acercas con mucho cariño y me preguntas cómo me va, qué tal está mi familia, y la misión. Y veo que lo haces con muchas hermanas. Siempre te veo sonriente, cierto es que se te nota que estás con dolores físicos, pero te siento con mucha capacidad de escucha y de preocuparte por el otro/a.)

La verdad es que me gusta preocuparme por las personas. A veces, en el autobús me pongo a hablar con alguna persona que la veo mal; en la parroquia, hasta las hermanas con las que mantengo comunicación, estoy pendiente de ellas, esta es mi misión ahora.

En mi casa me dicen que no se nota el sufrimiento por el que paso. Un dominico que viene a vernos dice que la cara es el espejo del alma, tal vez sea por eso que no se me nota tanto.

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