Ya han pasado 25 años y el petróleo sigue extrayéndose amenazando a esos pueblos hasta hacerles desaparecer porque, estorban al poder.

¿Por qué se sigue permitiendo la muerte de Tagaeris? ¿Dónde los tienen acorralados? Porque cada vez hay más pozos, más concesiones…

La tierra, su tierra ya ha dejado de ser de ellos aunque se empapó de sangre.

¿De qué ha servido la muerte de estos dos misioneros? ¿Por qué dieron su vida? ¿A quién salvaron?

Seguro que fue una muerte asumida, los dos dejaron algo escrito. Una ocasión de privilegio para encontrarse con Dios de inmediato y ahí en el silencio de esa selva al lado del Río Tiwino, testigos de su compromiso y su sacrificio por liberar a ese grupo humano, pero en realidad, Ellos, salvaron a los Misioneros.

Es la memoria del corazón la que fija los signos de las cosas vividas, la que nos enseña lo que somos

Elvira en la misionHan pasado años y en mi recuerdo tengo los tiempos vividos en la selva, cómo los más felices de mi vida, como mujer y como misionera. Es más, pienso que me hice misionera Dominica en la selva de Ecuador, en el Vicariato de Aguarico, a donde llegué con toda la ilusión del mundo en Marzo de 1975, con destino, después de mi profesión perpetua, a San Pedro de los Cofanes, donde la Congregación había fundado una Comunidad en 1974.

Ese era mi primer viaje a la selva y, no iba sola, viajábamos en el Bus “Centinela del Norte”, en la noche, dos hermanas de la Comunidad a donde iba, y un padre Capuchino, Alejandro Labaka. El primer contacto con uno de los misioneros con los que luego trabajaríamos en la zona de la Carretera desde el Eno, donde residía él con tres misioneros seglares, hasta Shushufindy y el proyecto IERAC. No se atendía, aún la zona de Shachas, sólo había unas casitas de madera y no había centro poblado.

Pronto me di cuenta de los valores de Alejandro y del interés que tenía por nosotras, nos buscaba lo más cómodo dentro de lo que se podía, nos hizo un pozo para que subiéramos el agua a la casa, arreglaba la Petromax con lo que nos alumbrábamos en la noche, a veces nos hacía alguna comida, nos regaló un pato y una pata, en fin nos quería, y contentas. Con él íbamos los domingos a las Misas, lo más lejos era Shushufindy donde no había ni escuela para celebrar allí las Misas ni ningún otro local. En esos tiempos fue cuando Alejandro le puso la letra de “La selva es tu mansión…” a la música de: “Cerca de Ti Señor…”. Siempre íbamos cantando a pesar del polvo o de la lluvia.

Alejandro, era muy cercano y cariñoso con la gente y daba una imagen de Iglesia muy maternal, quiero decir, no imponía, explicaba y convencía de porqué se debía hacer así, vivir mejor, prepararse, organizarse, construir escuelas para mejorar la cultura, etc. Estaba pendiente de las necesidades básicas de esos poblados incipientes que carecían de todo lo más elemental. En las Misas explicaba y dialogaba con las gentes, no era de grandes homilías, hablaba sencillo y se dejaba entender. Recuerdo muy bien que mis primeras impresiones eran, que se notaba en él que había asumido muy bien el Concilio Vaticano Segundo. Ad gentes, Mater et Magistra y todo lo que suponía la Misión. Yo aprendí de mis hermanas y de él buenas cosas y experiencias que no olvido y todo en un clima tropical que para todos es duro. Pero, éramos felices y sin mayores necesidades. Era así. Lo asumíamos y vivíamos felices.

Cuando llegué a Rocafuerte

Elvira enfemeraEn el año 1980, terminados los 6 semestres de mis estudios de Enfermera; tenía que realizar un año de prácticas en un hospital del ministerio de salud pública, y yo decidí, el solicitar para mi año de Rural, el hospital Fisco Misional de Nuevo Rocafuerte, ya que allí tendría la oportunidad de aprender mucho con el P. Manuel Amunarriz, como así fue, y, seguramente podría vivir en Comunidad con las Hermanas Terciarias Capuchinas que allí continúan con el trabajo de Pastoral y en el Hospital.

Yo me sentí muy bien, en el Hospital donde cerca del P. Manuel fui aprendiendo a diagnosticar, a tratar las enfermedades y a los enfermos; qué medicinas dar, atender partos de los que sólo sabía la teoría, enfermedades tropicales, y cómo detectarlas, suturas, atención a hospitalizados etc. Y mucho más. En realidad, sentía que el P. Manuel, ante los enfermos, se transformaba… Así que aprendí con él mucho más que lo aprendido en prácticas y en teoría en los 6 Semestres.

En la Comunidad, compartía con las hermanas, desde la mañana con la oración, la Eucaristía, el trabajo en el hospital, las comidas, el descanso y en las noches, lectura comunitaria y recreación, siempre animada por la Hna. Inés Arango, terciaria capuchina; era una persona que, como Coordinadora de ese grupo, estaba pendiente de todas. Se veía en ella un gran espíritu de sacrificio y, como vulgarmente se dice, “se tiraba a todo”. Eso no lo hacemos todas. Yo la observaba, aunque no sabía que un día ella moriría de esa forma y yo tendría la oportunidad de contar lo que sentía de ella. Para mi era admirable y con una gran capacidad de trabajo, gran carga de buen humor y muchas cualidades propias de una gran Misionera.

El P. Manuel, decía la Misa cada día y desayunaba con nosotras. El Padre Camilo, escribía los 4 Evangelios en Quichua, y el P. Alejandro, vivía obsesionado por los Huahoranis y visitar a las comunidades indígenas de la ribera de los ríos: Napo, Aguarico, Eno y Cuyabeno.

Personalmente, tengo que decir allí me sentí muy a gusto en aquel ambiente, tanto en el trabajo y prácticas del hospital, como en la Comunidad de hermanas; además, los fines de semana me gustaban porque me invitaban a acompañar a los padres y hermanas a las Comunas del Río Napo y rio Tiputini; cantar y aprender los cantos en Quichua y atender enfermos, para lo que llevábamos un pequeño botiquín.

Aprendí mucho, más de lo que suponía. El ambiente de orden y serenidad, la lejanía de todo y de todos, me venía muy bien, me gustaba y disfrutaba.

Un viaje con Inés, Alejandro y Ernesto Digua

Elvira en canoaEn el mes de Ocutubre de 1981, Alejandro e Inés, programaban un viaje por los ríos, Napo, Aguarico, Eno y Cuyabeno. Fui invitada al viaje, algo que me hacía mucha ilusión; con ellos dos, fuimos preparando el recorrido, las paradas para visitar, el mensaje que queríamos llevar a cada familia, el tiempo; sin prisas y anunciando el regreso en 8 o 10 días.

Desde luego, yo ni calculé ni suponía lo que iba a experimentar y vivir en ese viaje tan deseado, cómo desconocido.

Han pasado creo 30 años y aún tengo en mi recuerdo, las imágenes de las experiencias vividas, como una de mis mayores y mejores etapas de mi vida misionera en Ecuador.

Los experimentados que dirigían el viaje aunque programado con todos, eran Inés y Alejandro, yo, una invitada sin experiencia y, expectante.

Recuerdo la primera noche con una familia que nos acogió, sencilla y pobre, pero sólo materialmente. Desde esa noche y hasta el regreso, dormíamos en el suelo.

Alejandro tenía un candil que lo dejaba prendido en la noche, por los murciélagos. Después de una merienda, compartida con la familia, cuando ya estábamos acostados, Alejandro comenzaba a cantar: “La selva es tu mansión…”y algún otro canto o salmo que sabíamos, a modo de oración; poco a poco, los habitantes de la casa , se daban cuenta y comenzaban a cantar con nosotros, y si eran Sionas o Secoyas, cantaban en su lengua como contestándonos. Así todas las noches.

junto a los indigenasEra impresionante el ecumenismo en esos lugares apartados de todo y de todos. Alejandro se adaptaba a todos. Lo suyo era compartir todo, bendecir a todos, rezar con todos. El objetivo: Que no se sintieran sólos, que supieran que Dios estaba entre ellos, y que nosotros estábamos por allí; que pasábamos, pero que en 10 días, regresábamos.

Si en las casas había enfermos, les atendíamos y si deseaban misa, aunque fueran evangélicos, se las decía, o en algúnos destacamentos de la frontera, si lo pedían, se celebraba. Ines y yo , preparábamos la liturgia y al teminar, a veces, nos daban comida. Todo sin prisas ¿para qué? teníamos todo el tiempo del mundo para ellos.        
                      
Al llegar pedíamos un lugar para dormir, si nos decían que sí nos quedábamos, había que descargar la canoa y eso era un trabajo muy pesado, luego Alejandro para demostrar a la familia que no queríamos ser una carga, se ponía a partir leña un rato para la cocina de esa casa.

Un día a mi me agarró un remolino, bañándonos en el Aguarico, yo pensé:” aquí terminó todo”, Recordé a mis padres… Mientras, Inés llamaba a Alejandro que llegó por el agua y de dos empujones me sacó a la arena, donde me hizo botar el agua que tragué. El susto, fue terrible. En la noche, nos puso con su grabadora, una música suave para serenar los ánimos de todos. Al día siguente, yo estaba muda, él me escribió en un cuaderno que yo tenía para mís notas: “Te saqué de las aguas para que sigas viviendo” me lo puso en Quichua y en castellano.

Una noche en una Comunidad de Sionas, nos dieron para dormir una casa de chonta deshabitada, y después de instalados más o menos para dormir y, ya en silencio, comenzaron a llegar cucarachas que no nos respetaron y nos hicieron salir corriendo a los cuatro. Con tal motivo, bajamos hasta el río, y contemplamos la luna… después de una hora, ya se habían marchado las cucarachas invasoras.

Cada día, varias vivencias importantes, sencillas, emocionantes; cada noche, un cansancio, una oración y evaluación de todo lo recorrido en el día, la tarea evangelizadora tan peculiar y tan intensa, sin pensarlo. Continuamos navegando bajo el sol justiciero o, bajo la lluvia persistente, acompañados del ruido del motor que adormecía, o canciones que entonaba Alejandro y, la parada obligada al divisar una casita fuera donde fuera.

En el recorrido, encontramos varias familias de colonos, procedentes de la Costa, recién llegados y con niños pequeños. Lo peor era el desconocimiento del clima y la zona a donde habían llegado. La engañosa selva, frondosa pero enfermiza, cargada de humedad y calor sofocante que aplana y los insectos y otros animales, dañinos para las personas y que muchas veces acaban con la vida vulnerable, sobre todo de los niños. Escasos de lo básico, vivendo entre cuatro tablas, aserrando otras; sembrando unas matas de café para cosecharlo después de 4 años, con suerte, para venderlo a intermediarios.

hermanas Laura y Elvira junto a Monsenor LabakaComienza el retorno que fué más lento y más cansado; fueron nueve días de viaje pero ya cargados de experiencias, viviendo en otras realidades, variadas y muy diferentes a nuestras vidas normales dentro de la misión y todo vivído muy intensamente. Gracias a la canoa Cumandá nuestra compañera y medio de transporte que nos llevó por ríos y acercó a las personas, nos ayudó a cumplir nuestros objetivos, buena compañera que soportó todo; nuestras cargas, cansancios e ilusiones de cada día, madera liviana que no se desorientó y nos fue llevando con su silencio elocuente, buena misionera…

Con Alejandro, todo era motivo de reflexión y análisis de cada realidad, de interrogantes, compromisos y objetivos para el futuro próximo.

Antes de llegar a Rocafuerte, nos varamos con la canóa y nos tocó bajar y empujarla, recuerdo que Alejandro nos dijo: “Estamos empujando la Iglesia de Aguarico” y, ¡cuánto pesaba…! no podíamos ya sacarla de la arena y eso que ya estaba casi vacía. Ella fue la que nos llevó a vivir las más variadas e intensas experiencias de Nuestra vida Misionera en esa época.

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