En Guatemala, en la cima de un cerro, se asoman unas casitas de paredes de tablas y techo de palma. Las casas en su mayoría de una sola habitación, se convierten en dormitorio, cocina, sala y comedor.

Tres piedras en donde se atisba un fogón, un jarrito con agua, una sartén y unos vasitos y guacales, unas cuantas mazorcas de maíz y toda una población, sin servicios básicos, propios para llevar una vida digna. Eso sí, son gente trabajadora que busca cada día mejorar su situación y calidad de vida.

Una de esas casitas guarda un bello tesoro. María, una mujer que es reflejo de ternura, belleza y misericordia de Dios. Siempre sonriente, servicial y acogedora. A al mismo tiempo, también es reflejo de la injusticia, desigualdad, machismo y pobreza que se vive en nuestros pueblos. Una pobreza extrema que se manifiesta en todas las dimensiones de la vida humana.

María desde su concepción refleja esta realidad de pobreza extrema. Es hija de su hermana mayor, a quien el papá tomó como mujer cuando la madre murió. De esta relación entre padre e hija nacieron dos hijos, un niño y una niña, María. Los dos con un Coeficiente Intelectual muy por debajo de la media, desarrollando retraso mental, muy probablemente por la desnutrición.

A temprana edad, ambos quedaron huérfanos, pasando al cuidado de su otro hermano mayor y su esposa. Al hacerse ya jovencitos los dos, viven en una casita cerca de su hermano mayor. La vida de María gira en torno a las actividades cotidianas, tejer en telar prendas que luego vende o los emplea para su uso personal, como hacen muchas de las mujeres de la zona.

A finales del año 2015, la esposa del hermano mayor que la crió muere después del parto, dejando cuatro niños. Ante esta realidad, una respuesta solidaria urgente. María pasa, de un día para otro, a fungir los roles de madre y padre de cuatro niños, entre ellos un recién nacido. El hermano mayor deja a los cuatro niños a cargo de María, porque él debe salir de la comunidad y buscar un trabajo fijo para garantizar la leche del recién nacido. María renuncia a la vida que hasta entonces llevaba de tejer para su sustento y pasa a cuidar a los infantes de su hermano. Con todo esto, ella vive con la misma alegría, servicio y entrega, lo que ahora le toca vivir.

Sin tener pleno conocimiento ni conciencia de su realidad, María, apoyada solidariamente por las mujeres de la comunidad, ha cuidado a los niños hasta la fecha con gran amor de verdadera madre. Cercanía, ternura, protección, amor, no les ha faltado a los pequeños, los cuales se puede decir que ya están fuera de peligro de muerte por desnutrición gracias a María. Los niños la aprecian como a una verdadera madre, porque lo ha sabido ser.

Con el deseo de dar lo mejor de sí, María vive sola con los cuatro niños en la casa de su hermano, siendo presa fácil de los depredadores sexuales. De manera brutal y deshumana, fue objeto de abuso sexual repetidas veces por parte de un hombre de la comunidad, callando por varios años esta situación, debido a fuertes amenazas de asesinar a los niños si hablaba. Un buen día, el silencio ya no fue posible. María dio a luz un hermoso bebé, fruto de estos actos inhumanos y machistas, que ven a la mujer como objeto y no como sujeto.

Por lo general, la estrategia de todo victimario sexual es la amenaza de muerte de los seres queridos, esto fue lo que María vivió durante tanto tiempo y le hizo guardar silencio. Afrontar la situación no le fue fácil. Debía dar explicaciones a la comunidad. Al final María habló ante la promesa de la comunidad de que ellos la protegerían.

La resiliencia de María para afrontar lo que le ha tocado vivir, su capacidad de responder a esa realidad, aún en su situación de retraso mental, es un claro ejemplo del misterio que es el ser humano en su capacidad de adaptación y de amar. Solo el amor mueve a ir más allá de aquello que puede resultar muchas veces confuso e inexplicable.

Numerosas serían las personas que no dejarían bajo la responsabilidad de María un hijo. Pero ella no solo ha sido buena madre, tía y amiga de un niño, ahora es madre de cinco niños; su hijo, quien está creciendo sano y hermoso, también sus sobrinos, a quienes ama igual que al hijo de sus entrañas, porque ella no conoce la diferencia entre unos y otros.

María sabe muy bien dejar salir de sí, la belleza y hermosura que le habita y por su mucho amar será recordada siempre por todas aquellas personas quienes le conocemos. María eres modelo de mujer, modelo de humanidad.

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