Con ocasión del Centenario de la Congregación de las Misioneras Dominicas del Rosario expreso mi experiencia como alumna (acabé hace 25 años).

Como exalumna en nuestros encuentros anuales compartimos nuestros recuerdos entre nosotras y con los profesores que nos siguen acompañando. En la Eucaristía que celebramos en nuestra querida y recordada capilla, el sacerdote nos recuerda este año, que los talentos recibidos: educación en la familia, en el colegio, son para hacerlos fructificar en nuestra vida. Recibimos mucho, se nos inculcó en el colegio la semilla de la fe, el respeto al diferente, la gratitud a todo el que te ayuda.

Las Hermanas de la Congregación, con su cuidado amoroso y desinteresado, junto con mis padres – a los que agradezco que eligieran para mí, una educación religiosa – y la gente que formó parte de mi infancia, el profesorado, mis amigas, mis compañeras de este colegio, las familias con las que me relacioné, pusieron las bases para que yo llegará a ser la mujer que soy ahora y la que aspiro a ser, mejorando cada día. 

Nos demostraron que las mujeres podemos llegar donde nos propongamos con esfuerzo y constancia. Que la educación es la base para el futuro de la sociedad, que avanza gracias a hombres y mujeres comprometidos con el bienestar común, que empieza en uno mismo, en el colegio, y en nuestras familias.

Ahora que soy adulta y tengo responsabilidades, me he dado cuenta de cómo la formación, no solo intelectual, sino espiritual que recibí de las Misioneras Dominicas del Rosario me han ayudado y me sigue ayudando en mi vida.

Quiero destacar su vocación de servicio, casi invisible, en la formación de tantas alumnas y alumnos a lo largo de estos cien años. La paciencia y el amor con el que atendieron y atienden a los niños que han pasado por estas aulas. Ahora que tengo hijos propios, me doy cuenta de la vocación de sacrificio tan grande y la profunda fe que tenían todas las religiosas y el profesorado que estuvieron a mi lado para satisfacer nuestras necesidades tanto intelectuales como espirituales.

La Congregación, por su labor misionera, también nos abrió los ojos a otras realidades de este mundo y a sentirnos afortunadas. Nosotras formamos parte de ese reducido porcentaje de la población mundial que tenemos bien cubiertas nuestras necesidades más básicas, aunque la crisis económica mundial haya hecho tambalear en muchos casos nuestra vida acomodada.

Agradezco la formación que recibí en el colegio para ser sensible ante las injusticias, tanto a  las grandes como las pequeñas, a ver en el necesitado la cara de Cristo doliente. A distinguir entre el bien y el mal, a tener unos límites claros con los que regir mi vida y poder madurar, a saber sacar a los mercaderes del templo pero, también, a poner la otra mejilla cuando es necesario.

Nos educaron en la tolerancia y el amor al prójimo, aunque sea de un credo o una raza diferentes, porque por encima de las diferencias aparentes, siempre seremos Hermanos en Cristo y amados por Dios nuestro Padre común.

En esta sociedad en la que vivimos, que idolatra cualidades superficiales como el dinero, la belleza o la juventud, y que reducen al ser humano a su parte material, mi educación religiosa me hace comprender que tenemos una parte espiritual, una dimensión trascendente, nuestra esencia verdadera y que es lo que hace grande al ser humano y que no debemos abandonar, por muy lejos que a veces nos sintamos de la religión o de Dios. Dios es amor y espera siempre el regreso del hijo pródigo.

Esta educación me da las herramientas día a día para afrontar lo que me depara la vida con entereza y esperanza en el futuro, confiando plenamente en Dios, aunque a veces nos cueste.

 

Sandra Doménech García, alumna del Colegio Santa Rosa de Huesca, España, de 1983 hasta 1992

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