Por aquí nos llaman “las de Zubieta” porque ese es el nombre de nuestra Comunidad.

Por lo visto han pedido las hermanas del Consejo General que manden de las Provincias algunos artículos contando lo que se está haciendo o lo que se ha hecho, si es que parece digno de ser contado. La pobre Secretaria Provincial en seguida nos comunicó la noticia de la necesidad de nuestra colaboración sabiendo lo poco amigas que somos de contar cosas y lo menos amigas todavía de hacerlo en español.

Tenemos todavía muy fresco el recuerdo del paso de Raquel y Daisy por nuestra casa y lo que disfrutaron oyendo las historias que les contamos de nuestros primeros tiempos en la Congregación cuando todo lo que nos pasaba era milagroso. Lo compartimos con vosotras.

El primer milagro fue el de la comunicación. Las tres que esto contamos entramos más o menos en las mismas fechas. Dos de nosotras somos nativas de Fuzhou la provincia china a la que llegó nuestra Madre Fundadora con sus acompañantes y la tercera, nativa de Hongkong.

Nos recibieron en la casa de Macau, cuando esta ciudad era pequeña y pobre, y cuando nuestras hermanas con dificultad podían encontrar suficiente para comer, refugiadas como eran de la persecución del ejército de Mao.

No teníamos cama para dormir, pero unos cuantos cajones juntos nos valían, debíamos conseguir nuestro alimento compartiendo con la gente del barrio, uno de los más pobres de Macau, lo que la caridad de los Estados Unidos enviaba por medio de la organización Catholic Relief Services.

Pero lo más peliagudo era que no sabíamos ni una palabra de español y nuestra formadora ni una palabra de cantonés. La pobre se tenía que preocupar de nosotras cuando regresaba de cocinar en el seminario de donde, con sacrificio y comiendo menos de lo necesario, podía traer algo a la comunidad para repartirlo con nosotras.

Aparte del lenguaje corporal, no teníamos otra forma de comunicarnos con lo que las cosas que entendíamos y las que nos entendían hubieran necesitado por lo menos la traducción de Google que en aquella altura estaba por descubrir.

De ahí que a Camino, una de las tres, su hermano mayor le había dicho que para que todo fuera bien tenía que contestar siempre: “Sí, madre”. Le fue bien cuando le preguntaban si tenía hambre, si había dormido bien, si estaba contenta. Pero un buen día la maestra le preguntó si quería marcharse a su casa a lo que Camino toda contenta contestó: “Sí, Madre”.

Peor fue lo que le pasó a Bernardita que cuando quiso confiar a su maestra que no le bastaba la comida le dijo toda seria: “Tengo hombre”.

Lo más milagroso de todo era que con poca comida, con muchas dificultades, con un futuro del todo incierto, etc., éramos las personas más felices, confiando completamente en Dios, sabiendo que Él nunca nos iba a fallar. Y aquí estamos!!!
Trini, Camino y Bernardita

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