Este año celebras cuarenta años de Misionera en América Latina ¿cuáles han sido las experiencias más significativas en tu caminar?

El hecho de salir de España hacia América Latina significó un cambio muy importante en mi vida, al principio sentía que todo tambaleaba porque todo era diferente. El hecho de  vivir en una comunidad pequeña en medio de la población, el contacto con la gente que me abrían sus puertas, me invitaban a una tacita de té…, al compartir con ellos poco a poco  afloraban experiencias fuertes de vida, que me conmovían mucho. Experimentaba al Dios encarnado en el rostro de las personas que me acogían con tanto cariño.

Como era joven, pensaba que todo lo podía hacer. Me tocó un momento de la historia de Chile muy convulsionada. Teníamos que hacer colas para conseguir los alimentos, era complejo salir a la calle. Pensaba que yo podía hacer todo, al poco tiempo me enfermé y como me tocaba hacer mis votos hice un mes de retiro y descubrí que no era Dios, que la vida tenía que tomarla de otra manera.

Otra experiencia significativa han sido los diez años que dediqué a la formación, el experimentar el apoyo de las hermanas que formábamos el equipo formador, me ayudó a renovarme, limar asperezas y plantearme la vida de una manera diferente.

 En el servicio que has realizado, de formar a jóvenes para la vida de Misionera Dominica ¿qué acentos has puesto para acompañar a las jóvenes de diversas culturas y realidades?

El primer acento es formar a las jóvenes para vivir en comunidad, porque es desde la comunidad desde donde vivimos nuestro ser de Misioneras Dominicas, de ahí brota la misión.  

Es importante ayudar a la joven a encontrarse consigo misma desde la vida comunitaria, es  así como desde el conocimiento personal, la vida de comunidad, la cercanía a los pobres, es posible encontrarse con el Dios de la Vida.

En el trabajo con mujeres ¿cuáles han sido las mayores satisfacciones que has vivido en esta misión?

La mayor satisfacción ha sido el hacer la experiencia primero, de dejarme acompañar por un equipo que trabajaba con las mujeres; luego, el ver a las mujeres llegar con una mochila cargada, pisoteadas por sus parejas, por la sociedad, el creer que no valen nada, y luego de hacer el taller de crecimiento se dan cuenta de que valen, se reencuentran, se liberan, descubren que son valiosas. Esta es una de las mayores alegrías. Creo que he sido la más beneficiada porque al acompañarlas, también me liberaba y me reencontraba con mi historia.

En la misión educativa que realizas hoy con adolescentes, ¿qué desafíos descubres para transmitir la Buena Noticia de Jesús?

Hoy tengo 66 años y es un desafío para mí. Al principio tenía cierta resistencia, pero el descubrir su alegría, que detrás de las barreras que ponen de que no quieren nada con Dios, que no necesitan de nada, esconden su fragilidad y necesitan que los adultos les ayudemos a encontrarse con Jesús. Una cuando se acerca a ellas lo agradecen, ellas nos contagian su alegría. Ellas viven colgadas todo el día a la música, en otro mundo, me desafía a buscar nuevos caminos de acercamiento.

¿Qué nuevas realidades crees que nos desafían hoy, qué rostros necesitan ser acogidos y acompañados?

Desde la comunidad nos planteamos qué hacer con los jóvenes atrapados por la droga, cómo ayudarles a descubrir otra vida. Es un mundo al que aún no llegamos porque las ofertas que la sociedad les hace los aliena y nosotras no sabemos cómo llegar. Otro de los desafíos son los jóvenes que se encuentran en los centros de cultura, los que están más formados, cómo entender su lenguaje y anunciarles el evangelio. Un desafío permanente es entrar en el mundo de los pobres.

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