Fr. Jarvis Sy OP (Dominicos en Misión – Diciembre 2017)

Con la familia dominicana, celebramos el centenario de la fundación de las Dominicas Misioneras del Rosario (1918-2018). Excelente ocasión de hacer memoria de esas mujeres valientes que, a lo largo de una centuria, han abierto caminos hacia nuevas presencias de acción misionera.

Es la única congregación dominicana sirviendo en la Diócesis de Macao; su presencia data a principios de la década de los cincuenta, cuando las MM. Dominicas, que fundaron en la China continental, fueron expulsadas del país con todos los misioneros por el gobierno comunista. Mientras algunas hermanas recalaron en Filipinas y Taiwán, algunas se quedaron en Macao donde comenzaron su presencia prestando servicios en el seminario diocesano de San José.

Entre tanto, comenzaron a acoger vocaciones nativas. Pronto abrieron en un barrio pobre de Macao y con el tiempo desarrollaron un centro de mujeres, un parvulario y escuela primaria católica para la vecindad obrera con el nombre de Sagrada Familia. Esta institución existe hasta hoy. Pronto, las hermanas también fueron invitadas a regentar un orfanato que funcionó por muchos años hasta que hace poco tuvieron que devolverlo a la diócesis por falta de personal.

Durante los últimos años, gracias a la reorganización de las coordinadoras regionales en Asia Pacífico, las jóvenes postulantes y aspirantes procedentes de varios países del entorno están unidas en Macao donde reciben su formación inicial dominicana y acuden a la Universidad Católica de San José para los estudios universitarios.

Aparte de la labor educativa a la que las hermanas están dedicadas, más el trabajo de formación de sus aspirantes en Macao, una de ellas, la filipina, Hna. María Lourdes Blanca está abriendo nuevos caminos evangelizadores en Macao, siguiendo una tradición muy querida por la Congregación.

Sor Malou (como la llamamos con cariño) colabora en el apostolado para los trabajadores emigrantes en Macao. Nuestra hermana dominica es una de las muchas colaboradoras en el Centro Filipino Diocesano de Macao, bajo la dirección de Padres Filipinos de la Congregación de la Nuestra Señora de la Trinidad (SOLT). Pero su trabajo merece ser citado por ser un trabajo típicamente dominicano.

El trabajo principal de Sor Malou es impartir formación religiosa a los trabajadores emigrantes. Es un trabajo al que los sacerdotes no pueden dedicarse por sus muchos compromisos pastorales. Desde la incorporación de la hermana al equipo pastoral, la formación de los laicos se ha convertido en una prioridad, gracias a su presencia y la dedicación de su trabajo.

La mayoría de los filipinos trabajadores son católicos bautizados, es fácil convocarles para alguna celebración litúrgica sobre todo si hay cantos y fiestas después de la liturgia. Son gente que aprecian mucho esas grandes asambleas religiosas y fiestas. Por eso, en casi todas las iglesias de Macao, donde existen las misas en inglés, se llenan rápidamente por filipinos. Lamentablemente, nos quedamos con la imagen de la gran concurrencia de personas, las fiestas y la devoción con que asisten en las celebraciones. La otra cara está en el hecho de que mucho de ellos, aunque son cristianos comprometidos, o van a  la iglesia para las misas y las devociones les falta una formación básica cristiana. Muchos estando en su país, nunca van a la iglesia, pero cuando están trabajando en el extranjero, tal vez por la necesidad de estar con sus paisanos, la soledad, o la necesidad de la ayuda divina, acuden a la iglesia.

Los trabajadores emigrantes católicos constituyen un gran desafío para la iglesia de Macao. No basta la multiplicación de sitios para más misas o más actividades religiosas mientras la formación básica y catequética resulta insuficiente.

Ahí entra nuestra hermana, en colaboración con el centro, ella se encarga de cursillos cortos para los trabajadores que quieren ahondar su fe, quieren comprometerse bien sea como apóstol seglar, ministros extraordinarios, etc. y a los que quieren redescubrir la fe por el proceso de catecismo.

Impartir cursos o catequesis tal vez no sea una novedad para una religiosa como la Hna. Malou. Las experiencias pastorales en Filipinas o en el extranjero son innumerables en este sentido. Pero trabajar en un entorno social familiar sea una parroquia o un entorno educativo cercano es muy diferente a esta tarea entre los trabajadores emigrantes.

L procedencia tan dispar necesita una flexibilidad para impartir la fe. Cada uno de los que acuden al curso tiene un nivel de cultura y nivel de conocimiento religioso distinto. Por eso, mientras se imparten las clases por grupo, hay que tener en cuenta las necesidades de cada uno. Se necesita mucho tiempo de preparación y creatividad para impartir temas que no siempre son interesantes por la mayoría.

Ella explica el contenido, clarifica las dudas y fomentar un ahondamiento de compromiso cristiano. Pero su trabajo no termina aquí. Continúa con el acompañamiento espiritual, asesoramiento y la oración. Toda una labor dominicana.

Lo más complicado es encontrar el mejor horario para todos. Hay que tener en cuenta de que no todos trabajan como amas de casa, niñeras o enfermero con los ancianos; algunos trabajan en los muchos casinos de lujo o restaurantes de alta cocina o en los bares donde los horarios de trabajo son distintos. Y si disponen de tiempo, tienden a juntarse con sus amigos o familiares más que ir a escuchar las clases de la hermana. Por eso, en más de una ocasión, ella tiene que organizar las clases a horas intempestivas de la noche para asegurarse que todos pueden asistir.

Este trabajo no promete cambios radicales y respuestas seguras de los problemas pastorales y personales, pero si, tras un conocimiento y entendimiento de la fe que profesan, se notan cambios de actitudes, cambios de forma de ser y ver las cosas….

Quizás, su trabajo no llame la atención, ni los aplausos, menos aún elogios masivos de la jerarquía; pero es un trabajo necesario, vital para la reevangelización. Las largas horas para preparar las clases, a lo que se añaden las horas de oración para que la palabra dictada, sea palabra bien recibida y que fructifique en las vidas de los catequizados son elementos intangibles, invisibles. Su valor fundamental reside en que sólo Dios lo sabe.

Viendo la dedicación que tiene ella en su cometido, sus desvelos y preocupaciones, me hace recordar tantos relatos de las hermanas pioneras cuando comenzaron los trabajos; sus dificultades al comenzar una misión, bien sea en las selvas, en las ciudades y pueblos. Santas y valientes tuvieron que ser, santas y valientes tendrán que seguir siendo para continuar el bello, aunque a veces resulte invisible, del apostolado: de compartir la fe, de predicar la palabra salvadora a los demás.

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