El pasado año me decidí a darle un giro a mi vida, con el fin de llevar a cabo un sueño que siempre me rondó. Así que junto a mi prometido decidí viajar al otro lado del “charco” cruzar miles de quilómetros hasta la selva peruana. Al distrito de Sepahua llegué a través de los Padres Dominicos. Tuvimos con ellos un primer contacto en España (Selvas Amazónicas), desde allí se comunicaron con Lima y los mismos Padres decidieron que donde se requería nuestra ayuda era en Sepahua. Todo nuestro contacto fue con los Padres Dominicos, no teníamos constancia de que existía una comunidad de Hermanas Dominicas en Sepahua.

Al fin llegamos al destino y tristemente nos vimos bastante desamparados, nada fue como imaginábamos. En aquel momento no estaba el Padre que se encarga de la misión y tampoco nadie responsable. Así que el “choc” fue grande, al final estaba con mi pareja, pero éramos dos sedientos en el desierto y ninguno de los dos tenía agua.

Voluntariado Esther Sepahua 2Aunque nos llego un suspiro de esperanza cuando alguien nos comunico que allí estaban las Hermanas Dominicas del Rosario a las que fuimos a conocer. Sorpresa para ellas fue, al conocer a dos “voluntarios” que andaban un tanto perdidos y sin apoyo. Así fue nuestro primer encuentro.

Mi pareja y yo, iniciábamos un nuevo camino de vida juntos, pero a su vez debía ser una experiencia individual. Él encontró algo en lo que ubicarse, con más o menos apoyo pero se puso a colaborar en el internado de varones. En cambio yo me sentía un poco más perdida, pues al final constataba el machismo que me rodeaba en la misión a la que llegué. Pero nunca está todo perdido y la vida nos trae también regalos. Así es como veo a las Hermanas Dominicas de Sepahua, mi regalo de vida en este tiempo. Ellas me acogieron con los brazos abiertos, dándome la oportunidad de colaborar en el internado que tienen a su cargo y alguna que otra cosa en el colegio. Sentí un gran alivio y una gran fuerza al ver que ellas me daban esta oportunidad sellando con esto la confianza que en mí depositaron.

Desde aquel momento empezaron a abrirse mil puertas y oportunidades, teniendo día a día una gran satisfacción de sentirme realizada como persona, además de los lazos que se iban uniendo a las Hermanas compartiendo con ellas almuerzos, conversaciones, atenciones y cuidados cuando me enfermé, momentos de risas,… las sentí y las siento muy cerca, para mí fueron una gran bendición del cielo.

Voluntariado Esther Sepahua 4Trabajar con ellas ha sido mucho más que una colaboración puramente misionera, pues cuando una decide hacer algo así tiene diferentes motivos que le mueven y yo puedo decir que con ellas me doy por satisfecha. Me han dado más de lo que imaginé jamás poder tener. Fueron en aquel instante de pérdida y oscuridad un gran rayo de luz que sin duda seguiré llevando conmigo.

Gracias a ellas he podido realizar un hermoso trabajo con las chicas, he trabajado mano a mano con Susana Villar y realmente ha sido un aprendizaje que he gozado en todo momento, tanto en los más buenos como en los complicados. He tenido el apoyo incondicional de la Hermanas Ángela, Luz y Susana, en momentos difíciles, personales o de salud… para todo he podido contar con ellas. Juntas y junto a mi pareja hemos compartido mucho y lo más hermoso, que siempre ha sido respetada nuestra condición de vida o de cómo vivirla (pues debemos respetar los espacios de cada uno, tanto de comunidad, como de pareja, como de individuo). Ante todo y amorosamente se respetaba la libertad de cada uno.

También debo darles las gracias por el acercamiento a Dios que me han regalado, quizás es algo que ni ellas mismas se han dado cuenta, pero es así. Son tres mujeres que viven su día a día transmitiendo su espiritualidad, la plasman en el trabajo, en cada gesto, en sus palabras y miradas… todo eso de una manera muy especial; es porque creen en ellas y en lo que hacen, viven acorde a la música de su corazón y el baile de su amor por Dios no deja de sonar.

Voluntariado Esther Sepahua 3Sinceramente es muy difícil estar lejos de tu país, alejarse de la familia y los amigos, llegando a un lugar desconocido en unas condiciones en las que nunca te viste y a realizar un trabajo para el cuál no sabes ni si estás preparado. Todo eso para mí fue muy duro, pero no saben la tranquilidad que encontré al cruzarme con las Hermanas. En un abrazo sentía el cariño de una Hermana; cuando llegaba la angustia, en sus palabras había el aliento del consuelo y las risas de una amiga; cuando la salud o el miedo acechaban, el cuidado y el calor de una madre allí estaban; y cada día al verlas la fuerza de Dios se reflejaba en sus miradas.

En conclusión, reitero una y mil veces mi gratitud, pues con todas las dificultades o dureza de los aprendizajes que debía pasar, me marcharé con la maleta llena de felicidad, una felicidad a la que sin duda las Hermanas Dominicas de Sepahua han contribuido en gran medida.

Un rayo de luz en cad auna de ellas, un rayo que me ha enseñado la alegría de vivir. No cabe en una vida mi gratitud para el Internado de Mujeres de Sepahua de las Hermanas Dominicas del Rosario.

Esther Vergel Guillén

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