Tuviste pies despiertos para acercarte al hermano/a que estaba lejos y necesitado de cariño, ternura…

Tus pies dispuestos y arriesgados para desgastarse en la misión.

Pies que marcaron huellas, las huellas de Cristo. Tú dijiste “he venido a enseñarles a ser felices” y eso hiciste.

 

Tus manos siempre despiertas y dispuestas para acariciar un rostro triste.

Manos dispuestas y con mucha facilidad para llegar a la gente, hombre muy creativo.

Tus manos despiertas te llevaban a sostener a quien se sentía débil, desamparado.

Hombre de manos abiertas para acoger siempre al distante.

 

Tus ojos Monseñor Zubieta, siempre estaban despiertos para mirar con bondad, misericordia, ternura y amor a la gente sencilla y humilde de la Selva.

Tus ojos despiertos para mostrar a través de ellos el rostro de Dios.

En tus ojos se notaba la bondad y pasión que brotada en tu corazón.

Ojos despiertos que supieron descubrir las maravillas que había en la Selva y en el corazón de cada persona, llegaste a considerar la montaña como un palacio.

Tus ojos despiertos ayudaron abrir nuevos horizontes e indicar por donde ir.

 

Tu corazón despierto se dejó interpelar y sentir en la realidad.

Tu corazón despierto y dispuesto para amar sin condiciones y sin medida.

Tu corazón estuvo siempre atento para abrirse a lo nuevo.

En tu corazón experimentaste la vida en sus diferentes facetas y éstas te llevaban a reafirmar más tu vocación.

Tu corazón fue capaz de “sentir” la vida, el gozo, la alegría, tristeza, la incertidumbre… esperanza y confianza plena en tu Dios que sabías que nunca te dejaría solo; estabas convencido de que “estamos en sus manos y nada debemos de temer”.

Tu corazón sensible y tierno siempre expresaba los sentimientos que brotaban desde lo más hondo, expresándose con gestos de cariño, ánimo a tus seres más queridos.

En tu corazón había espacio para todos, incluso para mí, porque siento que yo estoy en él y tú intercedes a Dios por mi vocación.

 

Descubro en ti los oídos despiertos y dispuestos para escuchar a los demás y para escuchar a Dios en el silencio de tu corazón.

Oídos despiertos y atentos para escuchar el gemido, gritos, dolor y alegría de la humanidad y sobre todo de quien estaba cerca de ti.

Con tu escucha atenta hacías sentir amado/a, comprendido/a, aceptado/a a quien se acercaba a ti.

Con tu escucha le mostrabas al otro/a que estabas ahí, le hacías sentir importante.

Era una escucha que aliviaba, sanaba y orientaba.

 

Querido Monseñor Zubieta tus pies, manos, ojos, corazón, oídos, en fin todo tu ser fue itinerante, siempre estuvieron despierto y dispuesto para cumplir la voluntad de Dios.

 

Berta Leticia Balcárcel Palencia

Novicia MDR

(Chile)

 

Zubieta 1

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