Homilía de Fr. Felicísimo Martínez, O.P

Madrid 07/10/2017

Esta Eucaristía inicia un año centenario de la Congregación para la acción de gracias, para tomar nuevo impulso evangélico en la vida y la misión de todas las hermanas. Todas las personas aquí presentes os acompañamos con mucho gusto y con nuestra oración.

Son ya cien años de la Congregación peregrinando, misionando, como diría el Papa Francisco “misericordiando”, ejerciendo la misericordia, repartiendo misericordia. Efectivamente, peregrinación es nuestra vida personal y eclesial. Así la define el autor de Hebreos. Este mismo autor nos ofrece algunas palabras de animación que pueden servir de lema y de inspiración para este año centenario.

El autor utiliza varios motivos para animar a la comunidad a seguir fiel y firme en la peregrinación cristiana, en el seguimiento de Jesús y en la misión evangelizadora.

El primer motivo es Jesucristo, el Sumo Sacerdote, compasivo y misericordioso: “Teniendo tal Sumo Sacerdote, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme la fe que profesamos. Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna” (4, 14ss).

La misericordia de Jesucristo es el principal motivo de nuestra confianza, de nuestra seguridad, de nuestro ánimo para seguir caminando en fidelidad.

Cuanto de bueno, de verdadero, de bello han realizado y siguen realizando las hermanas de la Congregación es, en definitiva, don, gracia, obra de Jesucristo en nuestra vida de peregrinos. Por eso, estamos llamados a la acción de gracias. La Congregación ha destacado en trabajos apostólicos, en compromisos pastorales, en militancia a favor de las personas más necesitadas. Pero todo ha sido y sigue siendo gracia. Por eso en este año centenario podéis comprender mejor y orar con las palabras evangélicas: “Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17, 10). Por gracia y misericordia lo hemos hecho.
Pero, como nos advierte la segunda lectura que hemos escuchado, este tesoro lo llevamos en vasijas de barro. “Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios, y no de nosotros” (2 Co 4, 7).

Cuanto no hemos sabido o no hemos podido hacer mejor también es objeto de la infinita misericordia de nuestro Sumo Sacerdote. Él es capaz de comprendernos y compadecerse der nosotros, por estar él mismo envuelto en debilidad. En toda la celebración del centenario no debe haber lugar para la culpabilización, para la culpa morbosa. Teniendo tal Sumo Sacerdote misericordioso sólo cabe una infinita confianza en la infinita misericordia de Jesucristo nuestro Señor.

La compasión fue rasgo específico en la vida y ministerio de Jesús de Nazaret. La compasión fue experiencia central en la vida de Domingo de Guzmán, hasta dar lugar a su proyecto fundacional. La compasión es virtud central en la espiritualidad dominicana y en nuestra misión.
El segundo motivo que ofrece el autor de Hebreos es la enorme memoria de Dios para recordar nuestro modesto aporte a la construcción de su Reino, a la humanización de las personas, a la dignificación de los más pobres y necesitados. “Pues Dios no es injusto para olvidarse de vuestra labor y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, con los servicios que habéis presado y seguís prestando a los pueblos. Deseamos no obstante que cada uno de vosotros manifieste hasta el fin la misma diligencia…” (6, 10ss).

Estas son palabras muy consoladoras que no se deben olvidar nunca, y deben ser motivo de consolación y animación durante la celebración de este Centenario. Pensad por un momento: ¡cuánta misión, cuánto trabajo, cuánto sacrificio, cuánto amor, cuánta misericordia, cuanta vida evangélica repartida por las hermanas en tantos países durante estos años!

En la historia de la Congregación ha habido hechos mayores como el martirio de las hermanas en el Congo hace 50 años. En la capilla de esta comunidad está el sagrario que Don Miguel de la Cuadra Salcedo trajo desde la comunidad de las mártires, el sagrario donde ellas buscaron fuerza para resistir evangélicamente, hasta entregar su vida.

Pero también ha habido infinidad de hecho menores, aunque no de menor importancia a los ojos de Dios. Infinidad de estos hechos menores han tenido lugar en vuestras cocinas, en vuestras salas de trabajo, en vuestros huertos, en vuestras capillas, en vuestros puestos de misión, en dispensarios y centros educativos, en numerosos senderos por donde las hermanas han misionado y misericordiado. Son hechos anónimos de hermanas anónimas, que están muy presentes en la memoria de Dios, quizá solo en la memoria de Dios. Así lo decía Bartolomé de las Casas: “Del más chiquito y más pobre tiene Dios una memoria muy reciente y muy viva”. Es motivo de consuelo y de ánimo que Dios no olvide todo lo que humilde y modestamente hacemos prestando anónimos servicios a esta humanidad, a la que Dios tanto ama. La gratitud es desafío para este Centenario.
Yo tengo la obligación hoy de dar testimonio de esta vida evangélica y de este empeño misionero de las hermanas. He sido agraciado con este testimonio en todos los continentes, en numerosos países, en los más remotos lugares donde misionan y misericordian las hermanas. He podido comprobar cómo en cada una de las hermanas y de las comunidades se ha actualizado el evangelio que hoy hemos escuchado: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia; me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19)
La misión realizada por la Congregación evoca de nuevo aquella compasión de Domingo que fue fuente del carisma dominicano y de su proyecto fundacional. El carisma y el proyecto fundacional de la Congregación son una versión muy específica y muy rica del carisma y el proyecto fundacional dominicano. Nos invita a volver al carisma y al proyecto fundacional de Domingo.

El tercer motivo de animación al que recurre el autor de Hebreos es la comunidad. “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras, sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran hacer, antes bien animándoos mutuamente” (10, 24ss).

Los hermanos y hermanas que nos acompañan en la peregrinación son un don, una gracia, una garantía. Caminar en solitario es un riesgo. San Francisco daba gracias a Dios porque le había regalado hermanos. Repetía sin cesar: “El Señor me ha regalado hermanos”. Domingo de Guzmán puso la vida comunitaria en el centro de su proyecto fundacional. Encomendó a la comunidad la permanencia y continuidad de la misión evangelizadora y, sobre todo, el apoyo a los miembros de la comunidad en sus cansancios y desalientos. Monseñor Ramón Zubieta y la Madre Ascensión Nicol concibieron este proyecto evangélico y misional como un proyecto comunitario. Por eso es tan importante cultivar los lazos comunitarios, los lazos de pertenencia.

En una cultura ambiental que nos seduce con el individualismo es importante aprovechar el Centenario para reconstruir el tejido comunitario, para fortalecer los lazos de pertenencia como parte de vuestra identidad, para poner el interés de la misión por encima de cualquier interés particular. “Animándonos mutuamente”. Evocad con frecuencia aquellas palabras que Jesús dirigió a Pedro en el momento crucial de la pasión: “Simón, Simón, yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando te hayas levantado, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31). Es la descripción perfecta del ideal comunitario. Son palabras dirigidas a cada miembro de la comunidad cristiana.
Y sobre todo, el autor de Hebreos invita a los peregrinos y peregrinas a “fijar los ojos en Jesús” para mantenerse firmes y fieles en el camino, en la peregrinación, en la vida y misión. “Teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia y corramos la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús el que inicia y consuma nuestra fe” (12, 1ss).
Pensad por un momento y durante todo el Centenario la nube de testigos que os han precedido en la historia de la Congregación. A cada una de vuestras mentes y memorias vendrán nombres propios de hermanas muy concretas que han sido y siguen siendo para vosotras motivo de inspiración y de animación.

Pero sobre todo el autor de Hebreos invita a todo peregrino cristiano a “fijar los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe”. Él es el Sacerdote misericordioso, y es también el Testigo por antonomasia, el testigo fiel y digno de confianza.

La única victoria que vence al mundo es nuestra fe. “Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5, 4). La fe es la verdadera fuente de sentido para nuestra vida y misión. La fe es la verdadera motivación en nuestra vida y misión, sobre todo cuando aprieta el cansancio y nos tienta el desaliento. Yo creo que en el momento actual de la vida religiosa, de la vida dominicana, de la vida congregacional… el gran desafío es el cultivo de la dimensión teologal, cultivar la experiencia de fe como la verdadera roca sobre la que hemos de cimentar nuestra vida y misión.

En una cultura ambiental secular y carente de dimensión teologal y trascendente, el verdadero desafío para la vida religiosa, para la vida dominicana, para la Congregación, es “fijar los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe”, para seguir peregrinando, misionando, misericordiando, para seguir creando y compartiendo esperanza, como reza el logo del Centenario.

Sea todo bajo el patrocinio de María, con la protección e intercesión de la Virgen del Rosario. MISIONERAS DOMINICAS DEL ROSARIO.

Fr. Felicísimo Martínez, O.P

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