El otro día mi primo pequeño me llamó para hacerme una entrevista. Le habían mandado un trabajo en el colegio: entrevistar a alguien que siga el plan de Dios. ¿Yo? ¿Siguiendo el plan de Dios? Me sorprendió mucho que me eligiera y a la vez me hizo reflexionar…

Llevo cinco meses en Camerún, viviendo como voluntaria en una comunidad de las Hermanas Misioneras Dominicas del Rosario. No sé si ese es el plan que Dios me tenía preparado, aún no he hablado con él, sólo sé que cada día le pido y confío en Él para poner en sus manos mi vida y decir Sí a lo que haya planeado para mí. En estos cinco meses, si echo la vista atrás, podría decir que mi vida ha cambiado inmensurablemente. Las personas con las que me he ido encontrando, con las que comparto VIDA cada día, me han ayudado a crecer y aprender. No todas las experiencias y los cambios que estoy experimentando son buenos, hay muchas cosas que podría calificar como malas o dolorosas pero de una u otra manera TODO enriquece nuestro camino si sabemos darle el enfoque correcto. Cada día vivo y observo realidades del estilo de vida y de la cultura Camerunesa que me sorprenden pero lo que más me hace pararme a pensar y reafirmarme en mis principios son las injusticias a las que el mundo en el que vivimos (y que construimos juntos) somete a ciertas personas. ¿Cómo una chica de mi edad no sabe escribir su nombre? ¿Por qué una bolsa de sangre para una transfusión está infectada de VIH? ¿Cómo pueden una mamá y su bebé, sin ningún problema durante nueve meses, morir en una cesárea? ¿Por qué un niño tiene que trabajar para pagarse la escuela? Miles de situaciones que no comprendo… ¿cómo puede existir semejante violación de los derechos humanos y que “nadie haga nada”? Todo esto me remueve el corazón y sólo puedo pedir al Señor que dé a los dirigentes políticos (y a todos nosotros) la sabiduría y el amor necesarios para cambiarlo y mejorarlo.

En Yaoundé se respira alegría, fraternidad, buen humor, cariño, generosidad… una ciudad, un pueblo, un país que cada día amanece antes que el sol para luchar por sus derechos, para crecer, para continuar adelante con sus vidas y hacerlo de la mejor manera posible ya que ellos, más que nadie, aman sus raíces, están orgullosos de ser Cameruneses y nada ni nadie podrá quitarles la ilusión de ver cambiar poquito a poco todo eso por lo que tanto han luchado.

La hermana Marcela, del equipo general, antes de mi viaje (yo tenía miedo por cómo me iba a manejar con el idioma) me regaló su rosario misionero y me dijo que con el lenguaje del amor no tendría problemas. Ahora entiendo lo que quería decir. Ojalá más personas hablasen este idioma, quizá entre todos podamos hacérselo llegar. ¿Me ayudáis? ¡Unidos en Misión!

 

Mercedes Lera, Voluntaria.

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