X Encuentro de PJV Bellavista, Jaén-Perú
(28 de julio – 2 de agosto, 2017)

Vivir esta experiencia misionera me ha traído bellos problemas en el alma. He aprendido a contemplar a Dios tanto en el silencio de una capilla como en el contacto con la gente. He podido verlo en los detalles más pequeños e impensados; en una pequeña flor que crece solitaria en medio de la maleza, en el grano de arroz que nace rodeado de agua, en el diseño de las alas de una mariposa, en las piedras de colores perfectamente pintadas, en las gotas de lluvia que mojaron mi rostro.

Y tanto en lo grande como en lo pequeño; en la palmeras que se alzan al cielo para dar gloria al Creador, en las nubes dibujadas con tal perfección que enmudecen el alma, en los cerros que se pierden uno detrás de otro a lo lejos, en las aguas del río que dan vida a los campos, en la profundidad del cielo, en los innumerables árboles; incluso en las espinas del camino, en el sol que quema y da vida, en la creación entera que me susurraba al corazón “Soy tu Dios, tu Creador, te he llamado y te he traído al desierto para hablarte al corazón porque eternamente te he amado”.

Pero no solo en la creación, sino por primera vez he visto a Dios entre la gente; en las lágrimas de una madre que llora por la ausencia de sus hijos, en el dolor del que sufre en el cuerpo y del que sufre en el alma, en el esfuerzo del trabajador del campo, en la niña que no conoció a su madre, en el cariño de Doña Alejita y Doña Eli; en las sonrisas de Jimena y Karla corriendo en la plaza, en el rostro de Jacki, en la mirada de Rita, en las lágrimas de Alisson. He aprendido a predicar sin palabras, a llevar a la obra lo contemplado en el alma; con una mirada, con una sonrisa, con un gesto, con un saludo, con una mano que ayuda y con otra que acaricia.

Ahora mi corazón está inquieto; quiere ponerse en camino tras las huellas de Cristo; ya no sabe si seguir guardando la perla preciosa o llevarla a quien no la tiene, o es que acaso se enciende una lámpara para tenerla guardada, ya no sabe cómo esconderse cuando ha encontrado la felicidad también en la misión y en el andar, quién se ha encontrado con Jesús no puede guardárselo para sí y mi corazón lo sabe, que si antes solo sabía que existía para consolar, ahora ya sabe cómo. ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Hoy puedo cerrar los ojos humanos para abrir con emoción los del alma, contemplar a Dios y llevarlo, con caridad, en una sonrisa. Puedo decir sin temor que “Nunca he sentido a Dios tan cerca como en Bellavista”.

Melissa Castillo, Huacho, Perú

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Participé en la experiencia misionera del X Encuentro de PJV (Pastoral Juvenil-Vocacional) sin pensar que sería una de las mejores experiencias de mi vida. Nunca había tenido una similar. La propuesta de ir a la MISIÓN y el transmitirla a los jóvenes fue una buena idea para que nosotros vivamos lo que significa “SER MUJERES Y HOMBRES PARA LOS DEMÁS.” Personalmente sentí que estuve muy cerca de Jesús en todas mis acciones.

Me sentí muy orgullosa de poder ayudar a personas que no conocía y aprender a convivir con ellos. Una de las cosas que más me gustó fue la de pasar un día con una familia del lugar, Bellavista; pues, sentí que estaba en casa. Tuve la oportunidad de compartir con la señora Aguedita mucho tiempo. Como madre que es, me dio muchos consejos que sé, me servirán para toda mi vida. Otro momento que viví y me sentí muy conmovida fue la Hora Santa Misionera. Tener un espacio con Jesús es más que importante, necesario porque él nos ama y nunca se cansará de esperar que le hablemos.

Aprendí que no solo podemos evangelizar predicando la palabra del Señor con nuestras palabras; sino, que también podemos hacerlo con nuestras acciones; aprendí a tener una mirada compasiva hacia los demás y a servir. Confraternizar con personas de otros lugares me y nos sirvió de mucho; pues, aprendimos a armonizar la vida juntos, a ayudarnos el uno al otro, estábamos allí por un mismo objetivo: SER JÓVENES MISIONEROS DE JESÚS.

Lo esencial para mi vida espiritual y de servicio a partir de ahora es poder mirar a Jesús en todo y en todos. Encontrarlo en mi actuar día a día. Sentirlo en cada momento, cuando comparto con mi familia, con mis amigos, con los niños de la pastoral y con las personas de mi alrededor, y con quienes me encuentre por donde yo vaya. Servir, porque Jesús nos dio el ejemplo y debemos continuarlo. Orar en silencio para conseguir la paz que muchas veces nos la quita los problemas que se nos presentan.

Katia Palacios, Piura, Perú

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Una experiencia misionera para muchos podría significar la expresión máxima de sacrificio; sin embargo, cuando una lo hace de voluntad, los sacrificios se convierten en vivencias sencillas y profundas a la vez. Estos días de estadía en Bellavista-Jaén han sido muy satisfactorios para mí, tanto en lo espiritual como en otras dimensiones de mi vida, ya que realmente me siento llena de toda esa gracia que el señor puede brindarle a alguien que responde a su llamado.

Después de esta aventura vivida puedo decir muy conscientemente que mi vida será diferente de hoy en adelante, ya que estando lejos aprendí a valorar mucho más a mi familia y cada momento de alegría que te privas de estar con ellos para dárselo a Dios con otras personas.

El contacto continuo con la naturaleza, como en el río Marañón, y la presencia de Jesús en aquella naturaleza te hace reflexionar acerca del cuidado que estamos dando a la creación la misma que fue parte de lo que hicimos en la misión: ayudar a cuidar este verdor del que gozan las personas en Jaén con la faena comunitaria de limpieza que realizamos y con la cual evangelizamos sin tener que hablar tanto.

El compartir con personas de diferentes culturas y tradiciones también me ayudó a creer más en que todos somos iguales y que podemos convivir en un ambiente de armonía y diálogo compartiendo experiencias diferentes, pero que a la vez te unen y te llenan de una grata sensación de entrega a los demás.

Espero muy ansiosa poder participar en el próximo encuentro de pastoral juvenil; pues la rutina de vida que llevamos a veces hace que olvidemos a Jesús y urge que él permanezca en nuestra mente y corazón. Y en esta experiencia puedo decir que me he sentido más cerca de él como nunca antes en mi vida.

Natalia Meneses, Huacho, Perú

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