“Puede que, tras una experiencia de esta índole, uno regrese conservando su nombre, apellidos y profesión tal y como eran antes de irse… pero nunca vuelve siendo el mismo.”

Soy Juncal, una enfermera novata, recién graduada por la Universidad de Oviedo, España. Tuve la inmensa suerte de ser una de las ocho personas seleccionadas para vivir una experiencia de voluntariado, en mi caso en El Alto (Bolivia), y durante diez semanas y media.

Todo empezó hace bastantes años, con una inquietud que no se saciaba con las experiencias de voluntariado que iba buscando y teniendo en distintos lugares de España, una inquietud ingenua de “ir a ayudar donde más lo necesitan”.

Cuando estaba a punto de terminar la carrera me enteré de la existencia del proyecto de Universitarios Cooperantes (impulsado por Cáritas y la Universidad de Oviedo, en colaboración con el Principado de Asturias) y no dudé en apuntarme, contando con que había una posibilidad muy remota de que por fin pudiera satisfacer mi inquietud y cumplir un sueño.

Tras pasar todo el proceso de selección, llegó la increíble noticia acompañada de un montón de miedos e incertidumbres: ¿estaré preparada? ¿tendré algo que aportar allí? ¿cómo lo afrontaré?

Después de unas semanas de formación, de cambiar objetivos y propósitos y de empezar a ver el mundo de otra manera, llegó el momento de viajar a Bolivia, de dejar el Norte (y todo lo que ello conlleva) para emprender el viaje hacia el Sur.

Llegar a Bolivia supuso un cambio radical en mi vida: estaba sola, viviendo con unas monjas a más de ocho mil kilómetros de distancia de mi casa e iba a ejercer, por primera vez, como enfermera titulada y en un lugar totalmente desconocido para mí.

Al final de la primera semana ya me había dado cuenta de uno de los mejores “secretos” de estar en el Sur: lo increíblemente afortunada que era por estar allí y por poder tener una perspectiva totalmente diferente de lo que era y había sido mi vida en Gijón hasta la fecha.

Al final de la segunda semana los sentimientos de morriña iban sustituyéndose por la comodidad en mi nueva rutina, en mi nueva casa y en la que se había convertido en mi nueva familia.

Pasé la mayoría de mis días colaborando como enfermera voluntaria en el Centro Materno Infantil Santa María de los Ángeles (CMISMA), sobre todo en el área de consultas de enfermería y atención de urgencias. También frecuenté una vez a la semana el Hogar Virgen de la Esperanza, una casa de acogida para bebés y niños abandonados (en las condiciones más hostiles) por sus familias.

Las semanas se sucedieron y, en un abrir y cerrar de ojos, estaba yendo al aeropuerto para emprender el viaje de Sur a Norte… con una gran tristeza, un agradecimiento muy profundo y la promesa de volver.

Ahora que veo esta experiencia con un poco de perspectiva, puedo afirmar que la estancia en Bolivia ha sido uno de los mayores regalos de mi vida.

A pesar de ir con billete de vuelta y de proceder de un país “rico”, nadie jamás me juzgó ni me discriminó: al contrario, me sentí acogida desde el primer minuto. Ellos me dieron lo mejor que tenían, sabiéndose ciudadanos de un país “empobrecido”. Ellos me ayudaron, me enseñaron, me cuidaron… porque a quien hacía falta ayudar realmente era a mí, porque “los del Norte” deberíamos aprender de “los del Sur” y dejar de imponerles lo que creemos que necesitan, porque ellos son tan capaces como nosotros de lograr lo que se propongan, aunque no lo queramos ver.

Con todo ello, he vuelto siendo Juncal, sigo siendo una enfermera novata… pero algo ha cambiado en mi interior. He aprendido a valorar cosas que antes no apreciaba, he conocido la “enfermería de supervivencia”, he dejado un pedazo de mi corazón en Bolivia e, incluso, llegué a cambiar mi acento y vocabulario al español latino.

Porque… si no empezamos por nosotros mismos, ¿cómo vamos a cambiar el mundo?

Juncal Balbona Rodríguez

 

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