Testimonio de la Hna. Alicia Arregui – Comunidad de Huesca

Se me han pedido que diga unas palabras sobre nuestra Madre Fundadora que me recibió en la Congregación, y lo hago con mucho gusto y gran admiración por aquella mujer, que sin darme cuenta me estaba ayudando y formando en mis primeros pasos de la vida religiosa. Sin embargo, yo era demasiado joven para entrar en la profundidad de sus  palabras y gestos.

Tenía 15 años y en esta edad la veía como una gran señora llena de autoridad y de aplomo, hoy, a mis 99 años, veo a la luz de mi larga vida rasgos de entrega y santidad en las palabras y gestos que tuvo conmigo y que ahora voy a recordar.

Era una persona sin apegos, pobre de espíritu, sin ataduras que la pudieran esclavizar, lo que tenía era para todas. Un día vino al Noviciado cuando todas estábamos reunidas y dijo: “Sor Raquel, venga aquí y pruébese esta toca a ver si le está bien”, y me la puse; como me quedaba bien me quedé con ella. Seguramente ella la necesitaba. Yo creía que me quería más que a las demás, pero no era así, nos quería y se preocupaba por todas. Cuando presentía que algo me pasaba me llamaba a su celda y me daba alguna cosita que ella tenía y me hacía sentar en un banquito que tenía para descansar las piernas ya que no le funcionaban demasiado bien: su cariño me confortaba; a todas nos animaba. Trató siempre de hacernos felices a todas, como reza su ideal.

En los Ejercicios que hicimos para nuestra profesión, también estuvo presente. La fecha de la profesión era el 1 de Mayo y el día 30 de Abril se celebraba entonces la gran fiesta de nuestra Madre Santa Catalina de Siena, ella dándose cuenta de lo que suponía esta fiesta para nosotras dijo: ¡pobres chicas, que salgan de Ejercicios¡ y así fue con gran alegría de todas, quería vernos felices.

Un episodio que quiero mencionar por lo que indica de madurez y de verdad: un día vino a la puerta del Noviciado, mi hermana María del Mar, que era profesa, y después de darme el recado (yo era portera del Noviciado) me entregó dos o tres caramelos que con todo cariño me guardaba; al marcharse yo fui a entregárselos a la Madre Maestra, María Pilar Zabalegui (así era nuestra formación y mi ignorancia) y me dijo : ¿No sabe que no puede comunicarse con su hermana? Al enterarse la Madre Fundadora dijo estas palabras: “¿No sabe la María Pilar que la sangre no es agua?” y me consoló.

Madre Ascensión, mujer fuerte que vivió en la verdad, llena de ternura y comprensión; en su pobreza sintió la misericordia de Dios y nos la fue transmitiendo con su vida. Me siento feliz porque la misericordia me acompaña todavía y me ayuda a vivir confiada en este último tramo de vida.

Ya voy para los 100 años… Voy con el Centenario.

Mi saludo a todas, desde HUESCA

Share
Share
Share